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Mi Camino Portugués
01. Antecedentes
02. Preámbulo
03. Bautismo
04. Cuenta atrás
05. El canto del gallo
06. Nunca es tarde si la dicha es buena
07. Albergue en Tui
08. El avión cobarde
09. Albergue de Redondela
10. El tubo de crema
11. Pontevedra
12. Los mosquitos de la risa
13. Albergue de Padrón
14. Compostela eterna
15. Eu quero ir a misa con vosé (Epílogo)

Antecedentes

Por razones profesionales, pasé en Galicia desde el 21 de Junio hasta el 5 de Julio, y dado que esta labor exigía una ausencia de casa de 15 días, se me compensó con 5 días libres, que unidos a un fin de semana sumaban 7 días de asueto. Desde hace meses tenía ya muy claro en que iba a invertir estos 7 días.

Era ya un compromiso adquirido y hecho público, que haría el Camino Portugués y planeé hacerlo desde Ponte de Lima (Portugal), en los mismos términos que proponía la AGACS en su web. Me hice una copia de sus páginas que me sirviera de guía del camino, ya que allí se pormenorizaban multitud de detalles a efectos de identificar el camino y seguirlo con un cierto conocimiento anticipado y preventivo. Me copié también los planos del camino, para tener una representación descriptiva y gráfica del mismo. Me alegro de haberlo hecho porque es importante hacer el camino con una información de mano que avalen un poco tus pasos, más aún si se es un novato, como era mi caso.

No era un compromiso el que me llevaba a iniciar el camino, sino el deseo y la necesidad vital de ponerle los pies encima, de encontrarme con él y conmigo mismo, como forma de saldar una sensación de deuda acumulada después de bastante tiempo de una postura de defensor de la Tradición Jacobea, sin mojarme de lleno en las aguas de las fuentes del camino, que son las que le bautizan a uno como peregrino de hecho y de derecho, si es que es un hecho y un derecho ser peregrino. Los que en este y otros foros, en consonancia con los muchos peregrinos que se encaminan a Compostela, así lo creemos, cada cual desde su perspectiva propia. Y es sin duda un hecho y un derecho, un maravilloso hecho y un reconocido derecho que viene siendo observado, orientado y protegido desde la Edad Media.

No creo que mi experiencia sea una proeza, pero sí es orgullo y satisfacción lo que siento al recordarla, y siguiendo con la tónica de los foros de peregrinos, esta satisfacción me impulsa a relatarla, por una parte como forma de darla a conocer, pero por otra y acaso con más intención, para no olvidarla nunca en sus detalles más ínfimos, porque a menudo detrás de un detalle se encierran sentimientos que desbordan el alma humana y experiencias que valen por toda una vida.

Todos cuantos lo deseéis, incluso yo mismo, somos destinatarios de este relato en el que permitirme que os anticipe una dificultad con cierto sabor a renuncia. En el transcurso de esta acumulada ausencia de 22 días, acontecían dos hechos importantes en mi vida, el veinte aniversario de mi matrimonio, y el cumpleaños de dos de mis hijos. Renuncia con el riesgo añadido de convertirse en reproches en términos de ausencia injustificada, que en los entresijos más internos del corazón cabe ser entendidos como infidelidades sentimentales, como traiciones anímicas, cuya cantinela y condena podría ser: "papá y sus locuras, locuras que antepone a todo". Tomé, desde luego, mis medidas preventivas y terapéuticas. La apuesta ya estaba hecha, y la oportunidad era única como para dejarla escapar. Correría con los riesgos. Los riesgos, cuando se salvan bien, aumentan el valor de las cosas.

Para quienes queráis seguir las incidencias de este relato que, en consonancia con mi propio estilo, preveo algo extenso y por tanto fraccionable en fascículos, los etiquetaré con el título genérico de [MI CAMINO PORTUGUÉS], al que añadiré después un subtítulo identificador de capítulo.

Este título aunque parece obvio, tiene su por qué. No es una crónica descriptiva de camino que he recorrido, ni de los hechos acontecidos con valor cronológico, sino que es más bien una sucesión de sensaciones sobre él experimentadas. Es una forma de darle una dinámica y un color distinto al que acaba de darnos no hace mucho Fernando Pazos. Los dos hemos hecho el mismo camino con poco menos de un mes de diferencia, pero lo contamos de forma distinta. Fernando como peregrino experto y como buen abogado, nos muestra una crónica suculenta con maestría jurídica en la que refiere con rigor fiscal los acontecimientos en los días de autos logrando una descripción vista para sentencia: culpable merecedor de la compostela de honor.

Un servidor, como homeópata espiritualista, cuenta los acontecimientos vistos desde los ojos del alma y sentidos desde la ilusión ingenua de quien descubre, casi cincuentón, su primer camino. Aunque lleno de sorpresa y de fantasía impresionista, no desatiendo aspectos más prácticos y objetivos que pueden quizás tener alguna aplicación útil. Con mi relato va mi deseo más personal y ferviente de que tengáis buen camino.

Alberto desde Madrid.

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Preámbulo

El preámbulo de mi camino portugués se desarrolló, para mi suerte, en un ambiente magnífico de encuentro entre amigos del camino creando una atmósfera alegre y festiva que me proporcionó una disposición anímica óptima de cara al inicio de mi aventura.

Moncho Trigo, que anda según creo también por este foro, me brindó su amistad y su alegre compañía en mi estancia en la Coruña, y me facilitó dos elementos importantes en la indumentaria de todo peregrino. Una buena capa de aguas y un buen bordón. La capa de aguas no fue necesaria, porque no solo no llovió sino que hizo un calor infernal los días de peregrinación, salvo el día de estancia en Santiago, en que ya la capa no era necesaria y en el que durante algunas horas llegó a caer una de esas leves y finas lloviznas tan propias de Santiago. Sin embargo sí fue necesario llevarlo, porque tal y como me enseñó el propio Moncho, hay que llevarla siempre para asegurarse el buen tiempo. Si no la llevas, te lloverá a mares y si la llevas el sol campeará a sus anchas. En mi caso se cumplió el vaticinio al pie de la letra. En cuanto al bordón, me dio a elegir uno de los dos que tenía guardados en el trastero de la casa de su madre. Elegí un largo bastón de avellano de mi estatura que ha sido durante unos días un fiel compañero, prestándome su apoyo y su compañía sin reservas. Al devolvérselo le dije que ese bordón tenía ya algo de mismo y que formaba también parte de mí, y que debíamos en el futuro compartirlo como buenos hermanos. Moncho consintió en mi propuesta, y no solo como constancia de su espíritu generoso, sino como evidencia de que es para mí como un hermano.

Humberto Lens y Teresa do Pomar, señores de Balteiro, (que no se si se asoman por esta lista), se mostraron en primer lugar como seguidores acérrimos de mis andanzas artísticas en Galicia, y después como anfitriones de lujo antes de mi botadura peregrina. Me proporcionaron algún material que me faltaba y algunos consejos muy celosos que a veces parecían más bien pretender acojonarme ante la inmediata aventura: ¡no hagas jornadas tan largas!, ¡la sierra de Labruja es un laberinto y es facilísimo perderse!, ¡llévate este pañuelo!, ¡y este bote de Vicks vaporup para prevenir ampollas!, ¡y este bote de yodo para desinfectarlas si aparecen!, ¡y este apósito de segunda piel...! y sobretodo me arroparon de afecto, de buen humor y de ánimos para el camino. El pañuelo que Teresa me ofreció tenía para mi mucho valor, no solo porque me fue muy útil para refrescar y proteger mi cuello y mi nuca del sol y de las altas temperaturas, sino porque además se trataba de un obsequio personal de Alfredo Jeremías Sampedro, que fuera su amigo personal y pionero en el camino portugués que yo me proponía iniciar. Atendí sin dudar la petición de una oración por su alma en la placa de piedra junto a la capela do Sr dos Aflitos, en Fontoura, entre Ponte de Lima y Tui, no en vano me acompañaba un talismán que de él provenía. Quede aquí constancia de mi compromiso de devolver en mano este pañuelo a su propietaria.

José Antonio de la Riera y su mujer, con su afecto y su amistad, contribuyeron poderosamente en mi puesta a punto para iniciar el camino. Desde Balteiro en donde nos habíamos reunido como cuartel general para proceder a mi botadura, se prestaron para desplazarme hasta Ponte de Lima, las aguas de cuyo río, el histórico río del olvido, fueron las de mi bautismo peregrino.

Con un comienzo así nada podía salir mal.

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Bautismo

Partíamos de Balteiro (Riveira - La Coruña), en donde se fueron sucediendo entre Humberto, Teresa, Carmen, José Antonio y un servidor, de forma improvisada, los consejos, las recomendaciones, las consignas, las sugerencias, las bromas y las tomaduras de pelo, en torno a una buena comida en la que entre mejillones y pimientos de Padrón, reinaba un Rape a la gallega que fue degustado en un ambiente no ya de amistad, sino de familia.

Luego, con mayor solemnidad, vino la entrega de la credencial. El Impreso plegable de la Federación Española de Amigos del Camino venía avalada con el sello de la Asociación Gallega, sobre el que José Antonio rubricó su firma y la fecha del día. Me lo entregó con gozo y con cierta ceremonia, no era para menos, y lo recibí con emoción, consciente de que ese documento me acreditaba oficialmente como peregrino hacia Santiago. Así lo expresaba textualmente en letra impresa después de los espacios reservados para la inclusión de mis datos personales.

Mi macuto pareció muy pesado a los asistentes. A mi no me lo parecía y tenía calculado no más de 10 kilos. Apareció una báscula, de las de baño. Sin equipaje reveló 105 kilos, y con los aditamentos peregrinos subió hasta los 115 Kilos. Es decir 10 kilos justos. Creo que no llevaba peso excesivo, pero sí es cierto que a toro pasado hubiera sido capaz de reducirlo en no menos de tres. De hecho el camino me dio después la oportunidad de aligerar mi carga, y no la desaproveché.

Antes de que se hiciera demasiado tarde, nos pusimos en marcha José Antonio, Carmen y yo, camino de Ponte de Lima, pasando por Vigo para dejar a Carmen en casa.

De Camino a Ponte de Lima, sobre la autopista del Atlántico en dirección sur, José Antonio adopta un papel patriarcal, aleccionador, consejero, pero sobretodo cercano y amigo. Hay tiempo para la conversación tanto trascendente como intrascendente, mientras escuchamos música de Carlos Nuñez. Llegados a la residencia de Maria das Dores Trigo, en donde ya tenía reservada habitación para esa noche, dejamos los bártulos y nos encaminamos a la población para pasear por ella y proceder como es debido al ritual de iniciación de un peregrino en ciernes. Ponte de Lima me pareció un lugar cautivador, fascinante, muy jacobeo con su ambiente pétreo y su armonía medieval, que la convierten en un lugar ideal para iniciar una peregrinación. Compartimos unas cervezas en una terraza de su gran plaza junto al río Lima. Cada cual toma su papel. Yo tiendo más a escuchar atentamente, a absorber lo que oigo, como modo de calmar mi ilusión y mi inquietud. José Antonio encadena sus comentarios cargados de conocimiento y experiencia. Yo le atiendo con los ojos, con los oídos, con el corazón y con el alma.

Atravesamos los dos el río del olvido, y lo hacemos pausadamente, ritualmente, contemplando sus sillares históricos, de ascendencia romana y consolidación medieval. Aquí, Alberto, es donde realmente empieza tu camino, me dice mientras pasamos una cruz de Santiago pétrea, a mitad de puente, que terminamos de recorrer en su totalidad hasta llegar a la Igreja de Santo Antonio y sobrepasarla. Vino entonces un momento decisivo en mi ritual de iniciación. A partir de este momento y hasta que llegues a Santiago -continúa diciendo con parsimonia y pompa- tienes que aprender a buscar con anhelo, a rastrear con afán, las que serán tus conductoras, tus guías, tus compañeras, no las pierdas nunca de vista y te conducirán por el buen camino... ¿ves ya alguna?... fíjate bien... Yo, no habituado aún a este ejercicio, no las percibía aún camufladas entre otros cientos de objetos y colores que las ocultaban a mi vista. Pero cuando José Antonio se disponía a señalarme con su índice la primera de ellas, la divisé y su figura absorbió toda mi capacidad visual. Por unos instantes todo se difuminó en mi retina con excepción de esos tres trazos amarillos, uno central alargado, dos breves y oblicuos, y los tres confluentes en uno de sus extremos. Desde entonces el amarillo adquiere una especial presencia en mi conciencia visual, especialmente cuando adopta la forma de flecha, y me percato con verdadero celo del contenido de su mensaje óptico y silencioso: "por aquí, amigo, por aquí, sígueme...".

José Antonio ya la está señalando: mira, ahí tienes la primera, y poco después la segunda que te indica que por allí tuerce el camino a la derecha. Es como si el camino empezara en su mano iniciadora en la que su dedo índice constituía la primera flecha amarilla. José Antonio es mi primera flecha amarilla.

De retorno al hostal, ya son otra vez dos amigos los que conversan animados de igual a igual, uno con ilusión, otro con sana envidia. Vas a hacer el camino solo, que tiene un sabor muy especial, más auténtico, me dice. Así es como lo deseo, le contesto. Esto te va a marcar, Alberto, habrá un antes y un después de tu primer camino, ¡coño, que envidia me das!. Le entiendo pero me sorprende escuchar eso como peregrino en ciernes, de boca de quien lleva el camino en sus venas y le rebosa por los cuatro costados.

Volvemos a la residencia en donde, guía y plano en mano, me da los últimos consejos. Y vamos al encuentro de María das Dores, para anticipar pagos (dado que saldré pronto) y ver si tiene carimbo (sello) para carimbar mi todavía limpia credencial. María dos Dores Trigo no tenía carimbo con qué acreditar mi punto de salida. Lo hizo en forma manuscrita de su propio puño: "Passou na casa de Maria das Dores Trigo, Ponte de Lima, en 6-7-2003", y debajo su rúbrica personal. Todo un documento histórico que guardo como oro en paño. Sin embargo pensamos que convenía obtener algo más oficial, y José Antonio, que tiene más escamas que un lagarto en cuestiones peregrinas, piensa en un lugar oficial que pudiera estar de guardia, dado que era ya algo tarde. Nos dirigimos a la sede de bomberos voluntarios de Ponte de Lima que no tardamos en encontrar. Déjame a mí, dice Riera, tras lo que en su mejor acento galaico-portugués y credencial en mano convence a quien se le pone por delante de la trascendencia de un sello que acredite mi paso por Ponte de Lima. Su Poder de convicción y el espíritu solidario de los bomberos logran el efecto deseado, y tras hurgar en algunos cajones me estampan el sello de la entidad en el cuadrante inmediato al rellenado por María das Dores, un precioso sello que representa un águila imperial sobre el que se dispone un emblema de puente, dos torres y cruz de Santiago.

¡Coño Alberto, me debes un JB que me pagarás en Padrón, o mejor, una botella entera!, me decía José Antonio de la Riera mientras yo asentía sonriente y afortunado ante el padrinazgo que me estaba proporcionando con generosidad sin límite. El Manuscrito de María das Dores y el hermoso sello de los bomberos voluntarios de Ponte de Lima suponen un original comienzo en mi colección de sellos que valen muy bien una botella de whisky.

Llega la despedida y se produce un efusivo y fraternal abrazo que me deja con sensación de deuda. Nada de deuda, hoy por ti y mañana por mí, me dice, pienso hacer algún día el camino de Madrid y echaré mano de ti, además te cobraré el whisky, que te piensas... y riendo cogió su coche y salió zumbando para Vigo.

Cuando ya está fuera de mi vista me doy cuenta de que tengo para él un obsequio que he olvidado darle. No me quedará más remedio que llevarlo conmigo durante mi camino portugués, así cobrará un valor añadido que acaso a su entrega lo haga más valioso, siquiera simbólicamente.

Mientras me encamino al hostal, vibra mi móvil indicándome la recepción de un mensaje. Es de Moncho, Moncho Trigo, mi hermano Moncho. Solo dos palabras. Dos maravillosas palabras. Las dos palabras más adecuadas que cabía recibir en un momento como ese: "Buen Camino".

Estaba solo pero no me sentía solo.

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Cuenta atrás

Hasta entonces todo había consistido en dejarse llevar. A partir de ahora, ya en solitario, era momento de tomar el timón y afianzarme como protagonista de mi aventura.

El lugar donde asienta el hostal de María das Dores Trigo, es una finca frondosa a la que se entra por un largo pasillo a la sombra de un prolongado y acogedor parral, que da acceso a un terreno generoso lleno de frutales, plantas y árboles diversos y vegetación abundante y frondosa. Primero aparece la casa privada de la familia, amplia, limpia, acogedora, con un equipamiento rural pero muy funcional y agradable. Nos mostró un relieve en piedra del Apóstol Santiago que pensaba situar a la entrada para identificar su disposición jacobea.

Tras la casa familiar, venía el albergue. Se trataba de una casa de dos plantas. La planta baja era una sala equipada como área de estar y comedor, con fregadero, cocina y microondas. Además una nevera con lo esencial para improvisar una cena informal y un buen desayuno. Todo a disposición del cliente para su libre uso. En la planta alta, las habitaciones. Toda la instalación, por sus muebles, sus cuadros, sus alfombras y ornamentos, resultaban dignos de la nobleza, y daban a la casa un sabor señorial y distinguido, con un toque de pertenecer a otro tiempo, a otra época, pero no por ello carentes de un uso funcional y cómodo. La habitación me pareció muy confortable y bien equipada en cuanto a mobiliario, sábanas, almohadas, toallas, baño... demasiado para una noche y demasiado para un peregrino.

Tras disponer mis enseres en mi habitación, bajé al comedor y me dispuse varios montaditos de jamón y queso, con agua mineral muy fresca, zumo y dos piezas de fruta. Ocupado en estos menesteres me encontró Angel, otro peregrino hospedado también allí, también de Madrid, que venía desde Oporto. Charlamos un buen rato, él de su recorrido y yo de mis ilusiones. Había pasado toda la tarde descansando en su habitación, porque padecía tendinitis de rodilla que le obligaba a caminar más lento, menos distancia por jornada, y a descansar más. Se había pasado en el ritmo de alguna jornada y ahora lo estaba pagando. Pero se le veía confiado en terminar con éxito. Conectamos al instante y dimos por sentado que en el camino volveríamos a encontrarnos con toda seguridad. De modo que no nos dijimos adiós, sino hasta luego, y nos deseamos mutuamente buen camino. Estas mágicas palabras se escuchan y se dicen de un modo especial entre peregrinos. Lamentablemente Ángel y yo no volvimos a vernos más en el camino.

Subí a mi habitación. Hacía bastante calor, así que para refrescar mi cuerpo de los calores, mi mente de sus sueños, mi alma de sus inquietudes y mi espíritu de sus deseos de trascendencia, opté por darme ducha que aplacara mis ardores físicos y psíquicos, me acosté desechando la manta y la colcha, y apagué la luz con la buena disposición de dormirme pronto. Mi ánimo era como el de mi hija Blanca en noche de Reyes, como ella, estaba nervioso ante la espera, como ella, sentía la ilusión y el deseo de que amaneciera pronto, y como ella, terminé por dormirme como un bendito consciente de que las normas imponían portarse bien y dormirse cuanto antes para que todo transcurriera conforme a lo convenido. Muy de madrugada escuché algunos ruidos, y creo que entre sueños me aleccioné de no despertarme ni levantarme, sino los Reyes no me dejarían nada. Luego razoné que era Ángel, que había dormido y descansado toda la tarde, y se ponía en marcha muy temprano. No serían ni las seis de la mañana. Volví a sumirme en el sueño con la seguridad de que aún no había llegado mi hora, bien registrada en mi móvil dispuesto como despertador.

El tiempo, aparte de su valor cronológico perfectamente medible y objetivable, es un concepto abstracto que ni los filósofos ni los físicos acaban de definir. El tiempo nos hizo coincidir a Ángel y a mí en el camino, y el tiempo nos separó, aunque nuestras trayectorias y nuestras ilusiones eran equivalentes. Yo me encontraba desgranando entre sueños mi cuenta atrás, mientras él andaba administrando su tiempo con otros criterios.

Amigo Ángel, buen camino.

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El canto del gallo

No pretende este título ser alusivo a un despertar provocado por el canto del masculino ave de corral, sino a otro evento singular que pronto será narrado y que constituyó un momento emocional relevante en mi camino. Hubo gallo y, como mandan los cánones y los deberes innatos, cantó anunciando la madrugada. Pero lo que me sacó de mis sueños y activó el metrónomo de mi vigilia, fue la musiquilla de mi teléfono móvil activado como despertador, con los sones melódicos y placenteros del "green leaves". Era la primera vez que usaba el móvil como despertador, de modo que cada vez que oigo esta musiquilla vienen a mi conciencia mis despertares peregrinos.

Eran las siete de la mañana, hora española, aunque las seis en Portugal y en Canarias. Me aseo con rapidez y me tomo algo más de tiempo en desayunar, consciente de que el día será muy largo, muchos los kilómetros programados y muchos los grados de temperatura, que luego fueron incluso más de los previstos. Son algo más de las ocho cuando me pongo en ruta, y es entonces cuando oigo el canto del gallo, que por ser portugués, para él eran las siete. El saludo kikirikero, que se repitió varias veces, fue de agradecer, pero no tanto como para hacerle merecedor del titular de este mensaje y que pronto se comprenderá cual es su origen. Calculo que Angel debe llevarme aproximadamente hora y media de ventaja, pero confío aún en que volvamos a encontrarnos.

Para esta jornada lo previsto era llegar hasta Tui, trayecto cuantificado por la Agacs, desde Ponte de Lima, en 37 kilómetros, aunque yo diría ahora que se quedan algo cortos y que han jalonado a la baja. Preveo no menos de 12 horas de marcha, de modo que estimo mi llegada a Tui sobre las 20 horas. No me preocupa la hora, pero creo que es oportuno hacer estimaciones globales como meras referencias, que luego las circunstancias dirán si se cumplen o no.

Atravieso la carretera general y me introduzco en Ponte de Lima por la prolongada Rua do Rosario, que me lleva directamente a la gran plaza del puente, y de inmediato empiezo a atravesar este último consciente de su extensa memoria romana y medieval. Desde el otro lado del puente la visión de Ponte de Lima es digna de una postal. Alcanzo las primeras flechas amarillas que el bueno de José Antonio me presentó como hijas de su que hacer y compañeras de mi debut. Son ellas las que me sacan enseguida de Ponte de Lima siguiendo una senda zigzagueante que transcurre en medio de una gran frondosidad que pronto se organiza en cultivos de maíz rodeados de parras elevadas por pilares de piedra, combinación que será una constante del camino portugués, especialmente en esta etapa portuguesa.

El camino, que inicialmente se define con claridad entre sólidos muros de piedra que limitan los campos de cultivos y las quintas hidalgas, enseguida se obstaculiza unas veces por frecuentes barrizales y otras por frondosa vegetación de apariencia selvática, con abundancia de helechos y broza espesa que obliga a abrirse paso con el bordón y hace temer que el camino va a desaparecer absorbido por tanta espesura.

Sobrepaso el terreno de cultivos y bordeo un bosque tupido que ensombrece el ambiente y amortigua la temperatura, ya considerablemente alta. El bosque acaba y vuelven, como volverán una y otra vez en lo sucesivo, los cultivos de maíz rodeados de parras elevadas.

El río Labruja acompaña de cerca por la derecha, sin dejarse ver durante largos tramos, pero sí haciéndose notar de cuando en cuando por algún rápido o salto de agua que revelaba su tránsito. Finalmente el río cobra presencia y nos invita a cruzarlo en varias ocasiones hasta que termina por dejarnos a nuestra izquierda para ir desapareciendo poco a poco. El camino transcurrirá sucesivamente entre bosques de coníferas, entre cultivos, haciéndose unas veces arenoso y otras adoquinado, entre pequeñas poblaciones y en ocasiones por algún trayecto asfaltado de alguna carretera secundaria que nos introduce de nuevo en nuevas zonas de cultivo o de arboleda.

Así transcurren los kilómetros hasta llegar a visualizar la autopista que aparece como una monstruosa rampa por donde se deslizan zumbeantes los vehículos evidenciando el contraste brutal entre el encuentro con la naturaleza y el tecnicismo de la civilización. Un viaducto permite atravesar la doble estrada por debajo de la misma, y durante este paso los zumbidos del tráfico rodado se amplifican y se muestran con un talante agresivo, maquinal, demoníaco, acaparador, intransigente, dictatorial... es el precio del progreso del que al menos por una vez puedo evadirme.

El camino se asfaltiza por un buen tramo hasta llegar a Cepoes, en donde el calor y la fatiga me imponen un obligado descanso. Paro en un bar que es a la vez tienda. Repongo líquidos a base de zumos y agua mineral. Mientras bebo, leo sobre una columna que se anuncia una "Excursao" a Santiago de Compostela desde Cepoes para dentro de 20 días, es decir, el 27 de Julio, con las bases para apuntarse. Pido dos bocadillos, uno de queso y otro de chorizo, que guardo en mi macuto para improvisar luego una comida donde mejor se tercie. Converso un rato con el dueño y un cliente que se asombran cuando les digo que preveo llegar ese mismo día a Tui, no me creen, ante lo que insisto con énfasis provocando una mirada con tonos de admiración y de benevolencia, no se en que proporción.

Continúo mi camino y al abandonar el asfalto, empieza a notarse que la subida hacia la sierra de Labruja ha empezado. Al llegar a una población que identifico como Arco, aunque sin seguridad, y en cualquier caso ya en claro ascenso, tuve un incidente con un perro que afortunadamente salió bien, pero que pudo haberme supuesto un serio revés. Al entrar en esta población, desde una finca en alto, un perro enorme me ladra con gran agresividad. Ya otros perros me han ladrado antes, pero no me parecieron peligrosos en exceso o estaban bien encerrados o incluso atados. Este me pareció fiero y capaz de saltar la valla en cuanto quisiera. Aceleré el paso y con el miedo equivoqué el camino. Me lo hizo notar a voces un lugareño que trabajaba el campo. Así que tenía que retroceder y volver a cruzar ante la finca tan bien guardada, para coger el camino ascendente que atravesaba el pueblo. Así lo hice hasta que otra vez los ladridos feroces me frenaron en seco. Aquello parecía más a un león o un oso que un perro. Además había saltado ya la valla, el miedo me dominaba y presentía un trance muy comprometido. Afortunadamente varios lugareños se percataron y lo sujetaron para permitirme el paso. Sin tiempo ni para decir "moito obrigado" ante los furiosos gruñidos de aquella fierra, aceleré el paso a toda máquina en pleno ascenso hasta que la fatiga me hizo parar. Afortunadamente eso ocurrió cuando ya estaba lejos del lugar de los hechos, y cuando recuperé el resuello y el miedo, termine por felicitarme por mi suerte porque aquel perro es de los que puede hacérselo pasar muy mal a quien corra peor fortuna que la mía.

Necesitaba contrarrestar el trauma con una emoción positiva, así que como era 7 de Julio, fecha para mí mucho más importante como cumpleaños de mi hija Elena que como cierto festejo popular navarro, y como el servidor portugués que se instaló en mi móvil no me daba acceso a llamar, envié un mensaje escrito muy emotivo de felicitación. Poco después recibí la llamada de mi hija, con quien pude conversar unos minutos, lo que serenó mi espíritu, y me permitió disfrutar de su complicidad y de sus ánimos.

Ya en plena subida a la Sierra de Labruja, por veredas ascendentes que transitan entre bosques de pinares y coníferas, a unos cien metros por encima, asoma en ala una curva de la autopista con sus zumbidos demoníacos. Me parece incomprensible la visión que parece una burla. Comprendo enseguida que se trata de un viaducto elevado y en curva, muy por encima del nivel del camino en ese tramo, que proporciona a los vehículos un tránsito fácil y liviano. Por el contrario, para el caminante la Sierra de Labruja es una verdadera prueba.

La vivencia de la soledad peregrina despierta una sutileza sensorial que permite descifrar mensajes escondidos detrás de sonidos aparentemente inertes. Los rugidos impertinentes de una moto todoterreno apagan los tañidos de una campana y llegan, arrogante y engreídos, a mis oídos como reclamo de una tecnología que se impone a la naturaleza y al romanticismo, y pretende desmoralizarme: ¡vuelve, no seas tonto, no sigas, tu camino es un gesto inútil!. Mis pasos van creando una distancia, y los artificiales ruidos de la moto van apagándose hasta desaparecer. Los tañidos de la campana, antes escondidos pero con un timbre de mayor alcance, supera mejor la distancia y llega a mis oídos con un mensaje que trasciende confundido con la naturaleza: ¡sigue, amigo, sigue adelante, Dios está contigo y te acompañará mientras tú lo quieras!.

Hay tramos en que la subida es absolutamente brutal, adjetivo que merece el grado de infernal si añadimos la elevada temperatura, durísima en los tramos en que el sol pega de lleno. Mis ropas están bañadas en sudor, y por fortuna hay fuentes y manantiales frecuentes que permiten remojar el cuerpo y las ropas para refrescarse, especialmente el sombrero y el pañuelo que cubre nuca y cuello a modo de los legionarios en el desierto. La subida es muy pronunciada y prolongada a través de interminables pistas forestales. El nombre, "Labruja" inspira cierto recelo, y los comentarios de mis amigos de Balteiro me hacían andar con cierta aprensión, pero sobretodo con mucha atención y cautela. Me impongo un paso lento y corto, pero constante hasta que siento a mi espalda una presencia que me retiene, que me invita a volverme. Obedezco y es entonces cuando ocurre el lance que da nombre a este capítulo, que se me ocurre adjetivar de mágico. A mis pies se abre en toda su inmensidad y esplendor el valle del Lima. La visión me estremece, mis ojos se humedecen y lagrimean, mis vellosidades pilosas se encrespan en pronunciada piel de gallina y amplía su sensibilidad por cada uno de sus poros, mi ánimo que se siente sobrecogido en un principio enseguida se expande como el aire y se dilata, se amplifica, se difunde, el tiempo y el espacio cobran otra dimensión, otra magnitud, oigo música celestial que me envuelve y que me dice que Dios está presente y que acepta el protagonismo que yo quiera darle. Me siento una parte más de aquel colosal paisaje, y aquel sentimiento de participación me invita a emitir algún sonido, siento que tengo que decir algo, que gritar algo, quizá que cantarlo, mis pulmones se hinchan, mi garganta y mi glotis se disponen para la fonación, mis brazos se mediolevantan a ambos lados de mi tronco como los del divo de ópera en un escenario presto a un momento de gloria ante una expectación vibrante, algo va ocurrir y todavía no se bien que va a ser, hasta que ocurre; como una cascada sonora todo el valle del Lima se llena de un sonido eufórico, alborozado, exultante, pletórico: KI... KI... RI... KIIIIIII..., ha salido de mi laringe sin duda, pero tan pronto como es emitido ya pertenece al valle, y el valle lo recibe gozoso, y juega con él y lo devuelve con rebotes: KI... RI... KI... / RI... KI... / I... KI... / KI... Ya no soy yo, es el valle el que canta. ¿Cuántos ecos me ha devuelto?, ¿dos?, ¿tres?, ¿cuatro?. La operación se repite con la misma parafernalia emocional y sensorial: KI... KI... RI... KIIIIIII..., y nuevamente el valle participa conmigo o yo con él, de este intercambio de sensaciones: KI... RI... KI... (uno) RI... KI... (dos) I... KI... (tres) KI... (¿cuatro?), la cuarta sea quizá ya solo una ilusión, pero es precisamente ilusión lo que se transmiten la voz y el valle, el valle y la voz, lo que se transfiere como un mensaje suprasensorial e intangible entre el caminante y la vaguada, entre la vaguada y el caminante. En parajes así la vivencia de la soledad adquiere una magnitud distinta con sabor a aislamiento, a retiro, a silencio armónico, pero nunca a desamparo ni abandono, porque cuando se camina como peregrino, es el propio camino el que nos acompaña.

¡Pero... claro!, ¡ahora entiendo!... el espíritu transeúnte de una peregrinación es el diálogo entre el peregrino y el camino, entre el camino y el peregrino. Es un diálogo continuo, silencioso, telepático, extrasensorial, suprahistórico, pancronológico, universal, intangible, que sin embargo puede ocasionalmente llegar a hacerse sonoro y perceptible. Acabo de vivirlo y esta vivencia me descubre que formo parte del camino y que el camino forma parte de mí. El camino se sabe visitado una vez más, como ya lo fuera infinidad de veces a través de la historia, pero reconoce en esa visita una identidad nueva, peculiar, que es la que aporta el peregrino con su individualidad, su temperamento, su singularidad, y de aquí surge un diálogo nuevo, original, fresco, puro, virgen, inédito, como un capítulo más que se une a la larga historia de peregrinaciones. Que Caminante y Camino forman una unidad consustancial, parece un hecho obvio de claridad palmaria. Cuando se vive como peregrino transitando el Camino de Santiago, es una experiencia que vincula existencialmente al peregrino con el camino, dejándole atrapado y afectivamente unido e identificado con el camino. El alma galaico-portuguesa de este camino añadirá a esta unión toques de morriña, de saudade, de nostalgia, de añoranza, que dejarán al peregrino y para siempre vinculado al camino. Acabo de vivirlo y comprenderlo, por eso se ya que formo parte del camino y que el camino forma parte de mí.

Me siento vacunado para las dificultades venideras que el camino quiera proponerme. Ya entiendo que son un diálogo entre nosotros, el camino y yo, y que cuando se aprende el idioma ya no hay obstáculo que se resista.

Continúo la ascensión de Labruja, cuya cima ya se siente próxima. Me topo con la llamada "A Cruz dos franceses". En estos lugares se produjo la heroica y salvadora defensa de un peregrino ante sus asaltantes. Miro mi bastón y siento que él también participa de este diálogo, que me protege, que me acompaña, y con esta sensación culmino la subida y alcanzo la Portela Grande do Labruja, que queda sumisa ante mis pies. Desde allí vuelvo a divisar el Valle del Lima, rememoro la experiencia anterior y sin emitir sonido creo percibir el canto del gallo y sus ecos, ahora con cierto tono triunfalista y jactancioso. Se trataba sin duda de una ilusión sonora, era plenamente consciente de ello, pero detrás de las ilusiones se esconden realidades como castillos. Aquella consistía en recordarme de nuevo mi unión con el camino, que me saludaba y me felicitaba por mi culminada ascensión. Os juro que en mi vida he estado tan rematadamente cuerdo y feliz.

Ante mí, la bajada hacia Rubiaes.

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Nunca es tarde si la dicha es buena

"Estás próximo a la caseta del guarda forestal y ya todo será gozosa bajada hasta Rubiaes", reza la guía del camino portugués editada en la web de la Agacs. Pero no hay bajada sin tajada como no hay atajo sin trabajo. El adjetivo de "gozosa" para la bajada hacia Rubiaes desde la Portela Grande do Labruja, es un puro eufemismo de esta guía virtual que yo he convertido en programa de mano.

Cuando después de un acentuado esfuerzo el camino invierte al opuesto sus grados de inclinación, y te obliga a dejar de trabajar los grupos musculares para el ascenso justo cuando están en forma y a punto para nuevos esfuerzos, y te exige emplear a fondo otros grupos musculares hasta entonces casi inéditos, como son los que trabajan en bajadas muy pronunciadas, te encuentras en una situación tan estresante, que conviene tomárselo con filosofía peregrina para no reventar por el camino. El bordón ayuda ir frenando la marcha en vez de impulsarla como en la subida. Hay quizá en mis palabras algo de exageración, y no porque no sean justas, que lo son, sino porque el camino volverá a repetir, y solo una etapa después, este contraste aún con más brutalidad, y he gastado tanto calificativo para éste lance, que quizá no me queden suficientes para aquél. En cualquier caso, quiero dejar patente mi visión de que después de una subida dura y pronunciada como la de la sierra de Labruja, la bajada hacia Rubiaes no es precisamente un camino idílico y placentero. Ni pensar quiero lo que puede ser esta bajada en tiempo lluvioso y terreno embarrado.

Solo después de las rampas descendentes más duras, se empieza a sentir descanso y alivio muscular, y la marcha se hace más liviana, pero esto ocurre ya próximo a alcanzar la carretera Ponte de Lima - Valença. Una vez en esta carretera se llega a San Roque, aproximadamente a media etapa. Allí encuentro un hostal con muy buena presencia del que me habló Angel en Ponte de Lima como opción para fraccionar la etapa que a él le pareció excesivamente larga hasta Tui. La parada es obligada por la fatiga y el calor, y porque los pantalones vaqueros están encharcados de mi propio sudor, lo que les hace muy incómodos. Pido agua y zumos en buena cantidad y me decido a ponerme unos pantalones cortos, que resultó un acierto. Me quito las botas y me cambio los calcetines. Pregunto por Ángel. Allí está, descansando en una habitación. Ha llegado hace casi dos horas, muy tocado, ha comido y bebido algo y se ha acostado. Ahora duerme.

Creo que este es un buen lugar para dividir la etapa Ponte de Lima - Tui en dos a quienes les parezca ésta excesiva o vayan muy tocados. La primera mitad sería Ponte de Lima - San Roque, de unos 18 km, acaso algo corta pero con el dificultoso paso de Labruja. El segundo sería de unos 20 ó 21 km hasta Tui. El hostal creo que es muy recomendable, bien equipado, con buen servicio, se identifica como "Pensao Residencial O Repouso do Peregrino", y tiene concertado con las asociaciones un precio especial de 15 euros, que me parece muy correcto.

Mientras descanso y recupero el resuello, compruebo que ando con retraso y que llegaré tarde a mi destino. Tengo mis cálculos organizados para llegar a Tui ese día, de modo que pido a la hostelera que le diga a Ángel que decido continuar según tenía previsto. Empiezo a pensar que tal vez no vuelva a verle, porque andando tan tocado, tendrá que partir etapas. Las mías son en general etapas largas, y si soy capaz de aguantarlas, me distanciaré cada vez más y llegaré a Santiago bastante antes. Me entra cierto temor de pensar que quizá yo también termine rompiéndome, pero de momento me encuentro muy bien y continúo sin problemas, solo el del retraso, que no me preocupa, porque prefiero caminar lento con pocas paradas que fraccionar las etapas. Sabe más del camino la tortuga que la liebre. Así que después de un buen descanso, prosigo mi camino pensando que lo peor ha pasado ya.

Pronto descubro que no es cierto, porque de inmediato aparecen unos tramos especialmente antipáticos y complicados a poco de pasar el puente medieval de Rubiaes. El camino se introduce por trochas entre fincas de cultivo que vierten a él los excedentes de riego, convirtiéndolo en verdaderos arroyos. No es que el camino se embarre o se encharque, no, sino que se convierte en verdaderas torrenteras de agua por momentos intransitables. Al principio te molestas en pisar de piedra en piedra, pero entre que esto pronto se convierte en agotador y entre que las piedras no sumergidas llegan a escasear, uno termina andando arroyo arriba en un chof - chof sin mayor estrategia que la de tirar adelante y que acabe aquello pronto. Pero aquello no parece acabar nunca y cuando terminas un tramo, comienza otro peor, con más agua aún y con vegetación frondosa que cierra el camino y te obliga casi a pisar a ciegas. Parece una broma pesada que busca poner a prueba la paciencia peregrina, y que en algún recodo aparecerá una cámara oculta y una risotada general al grito de ¡inocente, inocente!. Si tal cosa llega a ocurrir me lío a bordonazos. Creo ver incluso a un salmón que salta a mi lado y me indica con guasa que voy en dirección equivocada. Fuera de chufla, se pasa un mal trago y te inundan pensamientos escatológicos de grueso calibre. Mi calzado era bueno y superó la prueba con buena nota, pero compadezco al peregrino que ose introducirse por aquellos tramos con un calzado deportivo bajo sin impermeabilizar o acaso un calzado más veraniego tipo zapatilla o sandalia y no lleve calcado sustitutivo.

Termina por fin el suplicio, porque no hay mal que cien años dure, aunque para complicar la situación, el socorrido bar - tienda anunciado al atravesar el río Coura, esta cerrado. Menos mal que llevo agua y frutos secos. Paso el Couto de Cabras y la aldea de Pecene hasta llegar a la ermita de San Bento de Porta Aberta, llamada así porque permanece con sus puertas permanentemente abiertas al visitante. Las puertas abiertas de una ermita son una invitación irresistible a entrar que ofrecen dos saludables opciones: descansar a la sombra y el fresco de un templo centenario, y rezar una oración en un silencio reparador, lo primero necesario para el cuerpo y lo segundo para el espíritu, que uno y otro requieren su atención en el camino, y no conviene dar preferencia a uno sobre otro si se quiere disfrutar de todo lo que el camino ofrece y si se pretende llegar con equilibrio a Compostela.

Repongo mis reservas de agua en una fuente cercana y en el parque bien sombreado de la misma ermita, me como uno de mis bocadillos y repongo los muchos líquidos perdidos que servirán sobretodo para tener de donde seguir perdiendo sin entrar en coma por deshidratación, porque son ya cerca de las 18 horas, (las 17 en Portugal y Canarias), el calor aprieta de lo lindo y quedan aún bastantes kilómetros por delante.

El camino vuelve a introducirse por bosques frondosos a través de sendas que llevan a Gontomil con las ruinas de la Capilla de Nª Sª da Guía, y Pereira en donde sobre el muro de una casa ruinosa aparece una imagen conmovedora: sobre un viejo madero cruciforme, se vislumbra difuminado pero aún con sugiciente claridad la policromía que reproduce la imagen de Nosso Sr. dos Caminhos, protector de los peregrinos. Se impone una oración a pie de camino, otra vez como testimonio de que el propio camino es conjunción de cuerpo y espíritu, de senda y templo, de marcha y rito, de tránsito y culto.

Fontoura ofrece entre sus primeras casas una tasca donde volver a reponer los líquidos que volverán luego a perderse en un ciclo continuo ¡Vive Dios, que nunca he sudado tanto y tan continuadamente!. Poco después aparece la Capela do Sr. dos Aflitos, en cuyo jardín y a pie de camino, una placa de piedra rememora la labor de Alfredo Jeremías Sampedro. Llevo conmigo un pañuelo que fue suyo y la amistad de quienes le quisieron y apreciaron. La oración va esta vez dedicada a su memoria, porque no es necesario conocer a alguien para apreciar su memoria.

Al llegar a la Alberguería, que no es albergue de peregrinos sino el nombre de un poblado, la guía de la Agacs, ¡oh contradicción!, propone abandonar las flechas para seguir durante dos kilómetros la carretera nacional para bordear la fortaleza de Valença. No solo me parece contradictorio, me parece un riesgo y una traición a las flechas amarillas. Opto por la fidelidad y atravieso Valença siguiendo las flechas amarillas hasta llegar al viejo puente internacional que cruza el Miño. Se trata de un puente férreo para el tren con pasos peatonales laterales. Me resultó impresionante atravesar el río que encabeza la lista de ríos ibéricos en mi memoria infantil (Miño, Duero, Tajo, Guadiana, Guadalquivir y Ebro), no sólo por ese archivado recuerdo hidrográfico, sino por la anchura del río, por la altura del puente, por la masa de agua a mis pies, porque antes se hacía en barca y aún son visibles las postas de paso, porque me aproximo al final, porque me siento pletórico de emoción y de fuerza, porque son casi las diez de la noche y todavía parece que es aún de día, y porque a poco de pasarlo, aparece la bella imagen de Tui, donde obtendré mi merecido descanso.

Cuando crees haber llegado al final, aparece siempre un penúltimo repecho, un último obstáculo, una dificultad postrera que estira la goma hasta el final. La subida hasta el albergue de Tui, junto a la histórica y emblemática Catedral se hace agotadora y se anhela la meta como en ningún otro tramo del camino. Pero el trabajo esta hecho y el premio llega justo a su tiempo, y se recibe con gozo, porque aunque son ya las 10,30 de la noche y ahora sí el cielo oscurece, se descubre cuanta verdad encierra la sentencia de que nunca es tarde si la dicha es buena.

La dicha no sólo era buena, era plena y en tal grado que constituía auténtico júbilo.

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Albergue en Tui

Al entrar en el Albergue nadie me recibe y supongo que será ya tarde y que nadie hay ya para esos menesteres. Parece que el albergue minimiza el mantenimiento y solo abre si hay solicitud de peregrinos que tienen que llamar a un teléfono indicado, creo que policial. El sello y el libro de recepción estaban sobre un banco a la entrada, de modo que yo mismo me sellé la credencial y rellené el libro de ingreso con mis datos.

Subo a la primera habitación con literas y allí me reciben con sonrisas y felicitaciones cuatro peregrinos muy jóvenes que caminan en grupo, una andaluza, dos portuguesas y un alemán. Cuando les digo que vengo de Ponte de Lima se asombran: ¿pero si eso está a unos 50 km?, no tanto, contesto, pero sí a unos 40. Tú si que eres un peregrino de verdad, nosotros ya 15 kilómetros nos parecen demasiados, me comentan. Me siento halagado, pero replico que no es para tanto, que los peregrinos de mi quinta, incluso los inexpertos como yo en su primera peregrinación, tenemos más capacidad de aguante por pura experiencia de la vida. Estarás agotado, así que elige la cama que quieras y descansa.

Llega entonces la revisión de daños. Que hilaridad incontenible al quitarme las botas y masajear las plantas de los pies. Me quito los calcetines con tal placer que descubro lo que es el orgasmo de pies. Solo detecto una pequeña ampolla en el pie derecho, que pincho, vacío y desinfecto. Después una ducha reconfortante y a cenar. Son ya más de las 11 de la noche, y no tengo fuerzas ni tiempo para buscar un sitio para cenar, así que echo mano de lo que tengo: un bocadillo de chorizo, frutos secos abundantes y agua a demanda. Suficiente para un peregrino para el que el mayor alimento será el descanso.

Es entonces cuando bajo a sellar la credencial e inscribirme en el libro, y en ese momento llega un grupo de 7 peregrinos portugueses, seis de ellos son chicos jóvenes y uno, de más edad, dirige el grupo y habla un español perfecto. Les informo un poco de la situación en el albergue, y rápidamente se distribuyen y ordenan. Tienen algo especial estos chicos, se nota en su conducta, en su disciplina, en su talante.

Mientras me dispongo para acostarme voy ordenando las cosas de mi macuto para facilitar las cosas mañana temprano. Y entretanto hago mi balance personal de la jornada. Me siento satisfecho, he llegado, aunque tarde, muy bien, sin daños y en magnífica forma física. Pero nada de vanidades, la etapa me ha parecido durísima y larguísima. Creo buena estrategia dividir la jornada en San Roque, en el hostal que he mencionado, y en el que supongo seguirá Ángel reponiéndose de su tendinitis de rodilla. Vuelvo a pensar que quizás ya no nos veamos otra vez, porque yo estoy dispuesto a mantener mi plan de etapas largas que con una tendinitis no conviene realizar. Por prudencia he marchado despacio y eso justifica mi retraso. Sin forzar creo que puedo mejorar levemente el ritmo, con lo que mejoraré tiempos. No es que me preocupe el tema ni me imponga nada fijo, sino que creo muy conveniente llegar antes al albergue para reposar, situarse, y disponer luego de tiempo para cenar y convivir con otros compañeros.

Finalmente agotado física y psíquicamente, me acuesto con verdadera necesidad de descanso, porque además mañana el despertador sonará a las 7 de la mañana. Desde el patio suena un canto que reconozco, porque aunque en portugués, identifico perfectamente la versión española: Que alegría cuando me dijeron, vamos a la casa del Señor.... Claro, el grupo de portugueses jóvenes es de seminaristas y el jefe debe ser sacerdote. Están celebrando Misa. Me entran ganas de incorporarme a la celebración pero estoy agotado. A pesar de todo acepto la invitación y acudo a la casa del Señor, pero ya en sueños, porque creo que incluso antes de que acaben el canto entré en un profundo y plácido sueño.

Mañana será otro día.

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El avión cobarde

Curioso titular éste para un relato peregrino que responde a acontecimientos verídicos de los que doy fe como protagonista de ellos. Podéis comprobarlo vosotros mismos.

Amanece el día 8 de Julio, segundo de mi camino portugués. Me despierta de nuevo mi móvil con el mítico "green leaves" a las 7 h. conforme está programado que lo haga. Es una hora prudente, nada intempestiva, pero soy el primero en levantarme en la sala. Me reviso los pies, me los cuido con mimo, me aseo como los gatos, me calzo y me visto con rapidez y me dispongo a salir. En el hall del albergue hay varias (¿tres?) peregrinas preparándose. No las había visto hasta hora, supongo que por alojarse en el segundo dormitorio que no conocí. Hoy mismo seremos buenos amigos. Saludo levemente y me pongo en marcha. Por delante más de 30 km.

Tui despierta cubierta por una espesa niebla que oculta todo. Las flechas amarillas, aunque con algún equívoco pronto rectificado, me sacan de Tui bajo la bruma. Mi idea es parar a desayunar en algún café en el trayecto de salida de la ciudad. Pero ninguna aparece, de modo que sin pretenderlo me encuentro ya fuera de Tui sin desayunar. ¡Vaya faena!. Confío en poder corregirlo más adelante.

Todavía saliendo de Tui noto pisadas a retaguardia. Una de las peregrinas de antes pide paso y me rebasa como un meteoro por mi derecha con un leve saludo que devuelvo. Es una mujer joven y guapa. Su ritmo es tan superior al mío que pronto la pierdo de vista. No volveré a verla ya casi hasta Redondela.

A las afueras de Tui el camino atraviesa unas complicadas obras en las que se vislumbra el diseño de una gran vía de circunvalación y amplio sistema de distribución y enlaces. Me inquieta pensar que el camino puede haber perdido su señalización con las obras. Pero al contrario, la señalización se intensifica y hasta se profesionaliza, porque las indicaciones, durante el amplio tramo en que el camino se ve afectado, está indicado con carteles claros y estratégicos que facilitan la identificación inconfundible del itinerario de los peregrinos. Me complace ver que la tecnología respeta el romanticismo.

Después de atravesar parajes idílicos y evocadores de bosques sembrados de vegetación litoral, llego a la altura de A Madalena, una aldea en la que se anuncia un bar con tienda en la que centro mi necesidad de desayunar, que después de 8 km en unas dos horas y media, es ya una obsesión. Mi gozo en un pozo al descubrir que está cerrado. En este trance me adelantan otras dos peregrinas que andan, como yo, buscando el bar. Nos cruzamos varias veces por las calles de A Madalena en su búsqueda, hasta que unos lugareños nos informan que hay que seguir adelante un par de km más. Ellas andan más rápido y las veo desaparecer ante mi vista mientras yo sigo con mi invariable ritmo más bien lento y continuado. El paisaje consuela algo el ayuno involuntario, y se muestra propio de una escena de leyenda a su paso por el río Louro, que se atraviesa por el puente medieval de Orbenlle. Todavía un buen tramo más, eterno cuando se va vacío de reservas, hasta llegar a Budiño, en donde en un bien surtido bar, con terraza equipada de sombra y mesas al aire libre, reponen sus cuitas mis compañeras de fatiga.

Me uno a ellas pidiendo aquiescencia: "¿me permitís que os acompañe?... ¡por supuesto...!", y al instante somos amigos que intercambian con humor los lances del camino. Se llaman Rosa y Ana, y son gallegas de Orense y Lugo respectivamente, que han llegado a Tui desde Viana do Castelo (Portugal), es decir la variante costera del camino portugués. Han conocido el encanto del paso por playas de ensueño junto a la desesperación de 30 km de arcén, calor y coches, porque esta variante del portugués no está señalizado. Yo les hablo del tramo desde Ponte de Lima, bien señalizado, mientras doy cuenta de un buen lote de magdalenas y dos botellines fresquitos de batido de chocolate. Llegan entretanto los seminaristas portugueses que se incorporan al desayuno y a la conversación. Con el estómago satisfecho se ven las cosas de otro modo, y el buen tono de amistad creado entre unos y otros también sirve para cargar las pilas, tras lo cual soy el primero en reiniciar la marcha.

Viene entonces un tramo un tanto inhóspito muy endurecido por un sol de justicia, como es el Polígono Industrial de las Gandaras de Budiño, que transcurre por una interminable recta al borde de la carretera. Después de un par de kilómetros, me veo rebasado por mis compañeros, Primero los siete portugueses divididos en dos núcleos, después las dos gallegas. Yo impertérrito, saludo con el brazo y mantengo fijo mi paso y mi ritmo. Al pasar un paso elevado sobre la carretera, los encuentro a todos tirados a la sombra de un muro haciendo otro descanso. Saludo y sigo mi ritmo que se más lento pero más continuado. Algún kilómetro después se repite la escena de adelantamientos que me deja en retaguardia, pero ya entrando en Porriño, mitad de etapa y lugar donde procede una buena parada. Mis compañeros optan por acercarse al albergue y reposar un par de horas. A mi me parece demasiado y me quedo en una cafetería de una plaza de Porriño, ya cerca de la Capilla de las Angustias. Son cerca de las dos pero como he desayunado tarde me limito a reponer líquidos con generosidad, quitar botas, cambiar calcetines y descansar a la sombra. Los pies están perfectos, mejor de lo esperado, pero mi brazo derecho, más expuesto al sol por ser el que porta el bordón, padece un marcado eritema solar que combato con crema nivea. Mientras reposo veo pasar de nuevo a la peregrina meteoro que se pone de nuevo en ruta. Yo todavía descanso un rato más.

La salida de Porriño por la N-550 me trae un recuerdo ingrato, porque cuando llevaba un buen trecho, y al no ver flechas, pregunto y un lugareño me indica, supongo que de buena fe pero erróneamente, que debo retroceder unos 500 m para coger una desviación bien señalada en un puente anterior. Vuelvo atrás y al no ver la desviación ni indicación alguna, otro lugareño me aclara que iba bien y que lo que tengo que hacer es continuar hasta encontrar la desviación bastante más adelante. De modo que me han regalado entre ida y vuelta un kilómetro y una media hora de retraso. Paciencia peregrina hermanos, aunque creo que si hubiera vuelto a ver al causante del error, le hubiera dicho algo para que no informe de lo que no sabe. No es la primera vez que tengo que rectificar un error, pero un error falso y ajeno, sabe muy mal, sobretodo con el terrible calor que estaba cayendo.

Al abandonar la carretera, se inicia una subida que remonta el valle, primero en forma suave y luego en inclinación creciente que se hace extenuante bajo el sol, hasta llegar a Mos, donde llego con sensación de ir chorreando por fuera, pero seco y hambriento por dentro. Junto a la Iglesia de Santa Eulalia de Mos hay un bar en donde doy cuenta de un bocadillo de jamón tamaño familiar junto a zumos y agua en cantidades industriales, un helado y un café con hielo.

Recuperado y con nuevos bríos iré descubriendo que lo peor de la etapa está por llegar. Se trata de la pronunciada y extensa cuesta que inicia en la Rua dos Cabaleiros. Llevo un buen trecho en solitario, y me extraña no verme superado por los portugueses ni las gallegas. En un tramo asfaltado encuentro un coche que para y me pregunta por los portugueses. Explico que supongo que vendrán detrás. Una hora después cuando ya casi he terminado de subir vuelvo a encontrar el coche de antes que vuelve cargado de mochilas y me ofrece llevarme la mía. Lo agradezco pero sin aceptar, me encuentro muy bien y no hay razón para esa concesión. Después de la dura subida, dos encuentros devuelven al camino su sabor simbólico e histórico: un cruceiro policromado y florido que me recuerda que el camino tiene su parte de sufrimiento y su parte de gozo, y un Miliario romano que me recuerda que bajo mis pies sedimentan muchos siglos de historia.

Descubro a partir de entonces que aguanto mejor las subidas que las bajadas pronunciadas. Ya me pasó antes al subir Labruja y bajar a Rubiaes, que se me dio mejor subir la sierra que bajarla (¿seré masoca?). Al pasar "Chan das Pipas", el camino adquiere una inclinación descendente atroz por caminos secundarios pero asfaltados. Durante varios interminables kilómetros todo la carga del peso y del macuto concentrará todo el eje del peso contra los apoyos anteriores de los pies, junto a las raíces de los dedos, y a través de unas botas que traducen en última instancia el rigor del piso, se estrellan una y otra vez contra un asfalto recalentado, plano, inhóspito y duro que termina por encender un dolor ardiente en los polos anteriores de las plantas de los pies. Sufren de nuevo grupos musculares inusuales en la marcha, nada acostumbrados a un esfuerzo intenso y sostenido. Pero no hay escapatoria posible y la única opción es la de encajar estoicamente el castigo y pensar que Redondela no está ya muy lejos. Sin embargo sentía que mis pies estaban pagando un duro castigo, y que podía haber consecuencias.

Cuando un castigo acaba y el cuerpo lo ha soportarlo con entereza, se siente la compensación moral de haber podido doblegar la contrariedad, y entonces el suplicio se transforma una vez más en gozo. No puede negarse incluso la invasión de un cierto estado de euforia que parece hacerme volar. Cansancio, euforia y sol de justicia son elementos que potencian las alucinaciones, pero os aseguro que lo que relato es totalmente auténtico. En este estado de ánimo y ya en los aledaños de Redondela, y acaso por mi alusión a volar, un avión comete la osadía de provocarme y desde lo alto pretende, soberbio, mostrarme las ventajas de la tecnología. ¿Pero que haces ahí abajo infeliz, con lo cómodo que se va volando?, me dice. ¡Baja aquí si te atreves bribón, y desciende la bajada que yo acabo de chuparme después de subirte antes la Rua dos Cabaleiros, y después me cuentas!, le contesto. Y ya me disponía a lanzarle un Kikirikí de los míos, cuando el muy cobarde huyó a todo vuelo a refugiarse en el aeropuerto de Vigo.

Así entro, triunfal y victorioso, en Redondela y siguiendo las calles Pai Crespo y Queimaliños llego radiante al albergue de peregrinos, la flamante Casa da Torre, con los pies dolientes y el espíritu exultante.

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Albergue de Redondela

Aun faltaban unos diez o quince minutos para las ocho de la tarde cuando entro en La Casa da Torre. En una esquina de la amplia entrada hay un montón de macutos. Son las mochilas de los portugueses que han venido en coche por delante de sus dueños. De mis compañeros deduzco que sólo ha llegado la peregrina meteoro. Antes de que anochezca, dispongo aún de tiempo abundante para acomodarme, curar mis pies, darme una ducha y reposar, antes de pensar en la cenar en algún lugar apropiado de la ciudad.

La hospitalera era una chica joven que me recibió con exquisita amabilidad, selló mi credencial, rellenó el libro de entrada y me explicó todos los detalles de funcionamiento interno, facilitándome una llave para que pudiera entrar y salir a voluntad, y que había que dejar en recepción a la mañana siguiente. Las instalaciones son soberbias. En la planta baja hay zonas públicas como biblioteca y sala de conferencias, y la parte alta da cabida cómoda a las habitaciones, los aseos y las dependencias comunes para peregrinos, todo con estupendas instalaciones. Además somos pocos peregrinos de modos que estamos como queremos.

Mientras reposaba, hacía mi balance. Satisfacción de horario y ritmo que, sin proezas y dentro de mi línea de marcha pausada pero continuada, creo haber mejorado sustancialmente la labor de ayer. No pretendo presumir, pues mi media diría que es más bien discreta o mala, pero para mí es excelente en combinación con otros factores: mi ánimo está a tope y mi condición física mejor de lo esperado. Lo peor eran los pies, pues tal y como temía, la bajada desde Chan das Pipas, había causado daños. La planta del pie izquierdo presentaba varias ampollas, especialmente en polo anterior, el más castigado. Las pincho, las limpio y las desinfecto, pero siento ese pie muy castigado y preveo que me dará problemas. Curiosamente el derecho, que ayer presentó una pequeña ampolla, está perfecto, sin daño alguno. Creo que inconscientemente he protegido el pie derecho cargando más el izquierdo.

Porriño, con albergue, es una buena opción para partir en dos esta etapa si se anda tocado o se quiere andar más desahogado. Sospecho que Angel hará esta división con lo cual me temo que nos distanciaremos más y que difícilmente volvamos a encontrarnos. Le deseo mentalmente suerte.

Recibo entonces las llamadas solícitas de José Antonio de la Riera y Fernando Pazos, que me honran con su amistad y su interés por mi andadura. Tuve después tiempo para lavar parte de mi vestuario y ponerlo a tender, mientras iban llegando el resto de compañeros.

Salimos a conocer Redondela y buscar un sitio para cenar. Los portugueses optan por una amburguesería. Rosa, Ana y yo optamos por una cena más formal, si es posible incluyendo un buen caldo gallego. Mientras buscamos, vemos a la peregrina meteoro sentada en una terraza, en mesa individual; ya ha cenado y está tomando un vino. Se llama Valeria y es brasileña, según me dicen Rosa y Ana que ya han convivido con ella en Tui. Llevamos un vestuario campechano, mientras que Valeria parece vestir un elegante vestido de noche negro que le da, junto a su belleza natural, un aspecto radiante. Optamos por quedarnos allí mismo pero en una mesa mayor, e invitamos a Valeria a que nos acompañe. Mientras cenamos conversamos animadamente sobre cuestiones del camino, nuestros planes, nuestros motivos, nuestras anécdotas. Hay franqueza y muy buen humor.

El camino tiene algo que hace que los peregrinos sintonicen con inmediatez. Resulta fantástico descubrirlo sobre el terreno, y la amable compañía de Rosa, Ana y Valeria resulta la forma perfecta de terminar una dura jornada peregrina.

Mañana nos espera Pontevedra y una jornada más cómoda de 18 Km.

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El tubo de crema

En la madrugada del día 9 de Julio, no fue el despertador de mi móvil el que me sacó del sueño como en las veces anteriores, sino un intenso dolor en la planta de mi pie izquierdo, a las seis de la mañana. Me aguanto durante media hora, pero a las seis y media veo que el dolor me ha desvelado y que es mejor levantarse y ponerse en marcha. Al incorporarme me llevo un buen susto, pues descubro que no puedo apoyar el pie izquierdo si no es a costa de sentir un dolor insoportable. Combato la situación de la única forma que se me ocurre, curar mis pies como puedo, calzarme y ponerme en marcha. Los demás aún duermen.

Salgo del albergue con una cojera manifiesta que desata mis temores. Si esto sigue así lo pasaré mal. Desayuno fuerte, me tomo un remedio homeopático y dos aspirinas, y me lanzo al camino, si hay que caer que sea en combate.

La salida de Redondela y los primeros kilómetros resultan penosos, pero después, diría que sobre el kilómetro cuatro, la molestia se alivia sustancialmente. Deduzco que podré aguantar pero que me tocará sufrir lo mío. Me vendrá al pelo que la etapa de hoy sea la más corta, solo 18 kilómetros. Recibo entonces la llamada de mi amigo santiagués JL que supone una buena dosis de ánimo. Un avión pasa justo por encima, ¿será el mismo de ayer que quiere la revancha?. Le saludo con la mirada y me desea buen camino.

Hago mi primera parada junto a un área de descanso con buena fuente y mesas de piedra. Allí me alcanza Valeria, que se detiene un rato para beber. Hace cierto ademán de esperarme pero la invito a seguir explicando que voy despacio y tocado. Sigue y pronto la pierdo la vista y los pasos ya hasta Pontevedra.

A partir de aquí el camino adquiere un toque de esplendor en grado sublime. Caminando entre bosques de pinos con vegetación frondosa, al doblar un recodo aparece de sopetón la ría de Vigo y la Isla de San Simón. Pierdo la noción de mi pie, en parte porque está mucho mejor, pero también sin duda porque ese tramo del camino te transporta. Merece la pena caminar despacio, con la vista alta y respirando a fondo el olor a mar y a bosque. Solo cuando el camino retorna al asfalto de la N-550, ya vieja compañera, es cuando vuelve la conciencia de las molestias. Ya estoy en Arcade, me lo anuncia un cartel que aclara que estamos en la tierra de las ostras. No me detendré a comprobarlo porque tengo miedo a pararme y que reaparezcan los dolores y así tiro hasta cruzar el puente que da nombre al siguiente poblado, Pontesampaio. La Ría de Vigo se ha estrechado hasta el punto de facilitar el ser atravesado por un romántico puente de piedra de sólidos pilares, sobre el que los coches deben turnarse en una dirección o en otra, porque solo hay anchura para un vehículo y un peregrino. Al final del puente un cartel rememora la victoria de los gallegos sobre el Mariscal Ney. La anunciada taberna marinera mantiene un letrero que anima la ilusión del caminante y luego la traiciona al mostrarse cerrada. Lo está por jubilación, según se me explica. Como la guía matiza que no hay más bares hasta las inmediaciones a Pontevedra, busco una alternativa. Junto a la primera señal del camino pasado el puente, un letrero ofrece los servicios de una taberna-tienda llamada "os avós". Allí reposo y me tomo un vino tinto local que la señora que atiende me sirve con orgullo (este vino es especial, me dice), acompañado de una sardina guisada que me sabe a gloria. Se trata de una tienda de ultramarinos modesta que hace de taberna acaso ante el cierre de la otra. Tienen además sello para la credencial que por supuesto solicito.

Se impone entonces una llamada a mi hijo Jorge, que ese día, 9 de Julio, cumple 17 años. A pesar de que hace ya más de treinta años que yo los cumplí, recuerdo mis 17 años y desde ese recuerdo me siento más unido a mi hijo que se muestra solidario y cómplice con mi camino.

Definitivamente el móvil es un invento extraordinario. Tuve mi duda sobre llevarlo pensando que quizás es una tecnificación fuera de sintonía. No es cierto, y me alegro de llevarlo, porque un móvil, ofrece un servicio, como un buen macuto, o un saco de dormir, o un bordón o una capa de aguas. Te mantiene en contacto con la familia y puede sacarte llegado el caso de algún apuro o imprevisto.

Continúo mi camino y a poco de salir de Pontesampaio me adelantan Rosa y Ana. Los portugueses por su lado han decidido combatir el calor en la playa fluvial cercana. El resto del camino hasta Pontevedra iremos adelantándonos sucesivas veces, porque Rosa y Ana caminan con cierta anarquía, pero en general marchan algo aceleradas y realizan paradas frecuentes y prolongadas. Yo ando despacio pero muy regular, con pocos descansos y más bien cortos. El resultado será que entramos juntos en Pontevedra, que nos ve llegar hacia las 15,20 h. El albergue anuncia que no abre hasta las 16 h de modo que nos sentamos en un bar que hay justo enfrente, al otro lado de la carretera. Valeria y uno de los portugueses que ha venido en coche, permanecen a la puerta del albergue esperando a que abran.

El descanso, cuando se sabe que ya estás en meta, y si es en un entorno de amistad, puede generar momentos sublimes. Ocurre entonces algo que crea una gran complicidad entre Rosa, Ana y yo. A Rosa le extraña que Valeria no se incorpore con nosotros a tomar un refresco y conversar. Yo Pienso que quizás sea simplemente porque lo ha tomado ya, habiendo llegado bastante antes que nosotros. Pero las mujeres tienen un sexto sentido, el de la intuición femenina, que les concede otra perspectiva de las cosas de mucha mayor sutileza. Rosa piensa que Valeria puede estar molesta con ella porque, explica, han tenido un pequeño roce que quizás la tenga disgustada. Al salir, esta mañana, de la ducha, Valeria le ha pedido que la eche crema y Rosa que se reconoce de mal despertar, se niega a hacerlo pensando que se trata de una crema cosmética innecesaria. Ana le hizo ver que se trataba de una crema de protección solar y eso la dejó con cierta conciencia de culpa, porque Valeria es brasileña, pero no una mulata de rompe y rasga, sino rubia y de piel muy blanca por su ascendencia alemana, y está muy justificado que ante el sol brutal que estamos teniendo, se proteja con una crema para el sol. Ana y Rosa intercambian impresiones al respecto hasta que Rosa me interroga sobre el supuesto malestar de Valeria y si debe o no disculparse: ¿tu que crees Alberto?... tras un momento de intencionado silencio para crear un ambiente de seriedad y expectativa, emito finalmente un leve carraspeo y hablo con voz grave con cierta carga de reproche y censura. Creo Rosa que te has pasado, que te ha faltado tacto con una mujer frágil de otro nivel cultural que no habrá comprendido tu rechazo. Rosa permanecía en silencio algo compungida. Solo puedo decir, continúo ya con otro tono de voz, que si me lo hubiera pedido a mí, no solo no me hubiera negado, sino que se la habría aplicado con absoluto esmero y que hubiera quedado encantada de mis servicios... La sorpresa todavía estaba en el ambiente, de modo que nos cruzamos unas miradas desde rostros todavía serios y circunspectos durante un breve instante, seriedad que se rompió automáticamente en pedazos cuando sin más explicaciones, los tres explotamos en una risa incontenible que nos convirtió, además de compañeros, en amigos y cómplices.

El camino es causa sobrada de complicidad detrás de la cual la amistad, los deseos de compartir y el buen humor, fluyen con espontánea generosidad, como una explosión de sensaciones placenteras, como una catarata de emociones gozosas, como un caudal de ocasiones festivas que hacen del camino una caja de sorpresas inauditas, en donde el paisaje, el silencio, la soledad, la amistad, la alegría, la fatiga, el dolor, las ampollas, los ecos del canto de un gallo insólito, el color amarillo de miles de flechas, los cruceiros, los petos de ánimas, las ermitas, las fuentes, los puentes, los bosques, las subidas y bajadas continuas, los llanos, el vuelo de una avión, el tañer de las campanas, los compañeros de camino, las miradas cómplices y hasta un tubo de crema de protección solar y mil otros innumerables detalles, confluyen y se confabulan insospechadamente en una conspiración única e irrepetible, como piezas de un rompecabezas insólito dejando impreso en la conciencia del protagonista, y para siempre, un sueño que se recuerda incompleto y cuyo fin no conocido se siente como una sed insaciable, como un jeroglífico imposible, como una herida incurable, como un misterio inexplicable... como inexplicable es este inútil intento mío de esclarecer lo que unos ya comprenden sin que nada se diga y lo que otros nunca entenderán por miles de palabras que se gasten.

Lo sublime y lo sórdido se mezclan en el camino como en la vida misma, y al levantarnos felices de la terraza para dirigirnos al albergue a la indicación por el seminarista portugués de que éste nos abría sus puertas, mi pie izquierdo me lanzó claras señales de la presencia de un serio problema. No podía apoyarlo sin sentir un dolor agudísimo en toda la planta del pie, como me ocurrió esta mañana. Pienso que si el dolor se acentúa con el reposo y se alivia con la marcha, va a ser cosa de seguir caminando y no parar hasta Santiago, y a partir de aquí el fuerte dolor provocaba mi hilaridad, de modo que muerto de risa y usando mi bordón de muleta entré en el albergue de peregrinos de Pontevedra como un verdadero chalado del camino contaminado hasta la médula de peregrinitis aguda, dolencia crónica que carece de cura.

Pontevedra y la tarde nos esperan.

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Pontevedra

El Albergue de Pontevedra es magnífico. Los de Tui y Redondela eran casas históricas readaptadas como albergues. La de Pontevedra es de nueva construcción y su administración se sigue por criterios rigurosos. La recepción funciona con la formalidad de un hotel, y después del sellado y de la inscripción, se nos precisa que el albergue se cierra a las 21,30 y que para poder entrar alguien de nosotros tendrá que quedarse de guardia para abrir a los demás.

Afortunadamente no hay problema porque el seminarista nos dice que no piensa salir y que seguramente cuando lleguen los demás alguno se quedará con él. El futuro clero promete.

Después de una complicada ducha, apoyado en un solo pie entre ráfagas de risa incontenible, asumo la cura de mi pie izquierdo que se presenta como una colección de ampollas bien henchidas. Entre que la litera es baja y que para verme la planta tengo que curvarme como un ocho, debo adquirir el aspecto de un contorsionista en apuros. Ana se acerca con su botiquín dispuesta a ayudarme. Me pongo en sus manos, y fue buena decisión porque me hizo una costura en serie de las ampollas del polo delantero del pie, que drenaron al instante todo su contenido, desapareció el dolor y la capacidad de apoyo de esa parte del pie que pude hacer con toda dignidad después de desinfectar y vendar un poco esa zona. La parte posterior del pie estaba peor, pues tenía una ampolla indurada que no se dejaba ensartar, por su contenido seroso más espeso. La pinché yo mismo, Ana no se atrevía, y descargué como pude, y mejoró pero sabiendo que volvería a darme problemas.

Con un criterio práctico empecé a pensar que la etapa de mañana, de Pontevedra hasta Tui, era de 40 kilómetros, presumiblemente bajo un sol de justicia, como todos las anteriores. Esperaba que el pié mejoraría con una tarde de reposo y cuidados, pero se imponían alguna otra medida que aliviara la jornada más larga de mi camino portugués. Una opción era partir la etapa en Caldas de Reis, pero no me gustaba asumir de antemano esa concesión. Si sobre el terreno fuera inevitable lo aceptaría, pero no como decisión de partida. Si me pareció una buena opción desprenderme de parte de mi equipaje para reducir el peso siguiendo una idea que en parte me había sugerido Fernando Pazos en su llamada telefónica. Tenía reservado para dos noches un hostal en Santiago, de modo que sería fácil enviarme a mí mismo allí el equipaje que no necesitara en las dos etapas siguientes, a través de algún servicio de mensajería.

Aparece entonces como llovido del cielo el 7º de caballería en forma de José Antonio de la Riera, que se presta a hacer de mensajero portador del equipaje que no necesite, así que le largo los vaqueros, un forro polar, el saco de dormir (dormiré a pelo), la ropa sucia y la capa de aguas, con lo que dejo el macuto creo que menos del 50 % de su peso inicial. Me vuelvo a olvidar de que tengo un obsequio para él que se vuelve a quedar en mi macuto. Creo que ese obsequio tiene voluntad propia y que ha decidido hacerse el camino portugués conmigo antes de parar a las manos de su nuevo dueño. Quedamos con Rosa y Ana en un lugar céntrico de Pontevedra, frente a la iglesia conventual de San Francisco y cerca del Santuario de la Virgen Peregrina, y compartimos refresco y conversación sobre el camino.

De vuelta, decidimos comprar cosas para hacer una cena informal en el albergue, ya que cerraban pronto. Felizmente hay coincidencia general en esa idea, así que allí nos encontramos todos juntos por vez primera, los cuatro primeros peregrinos que me recibieron en Tui, el grupo de seminaristas y el sacerdote, Valeria, Rosa y Ana, y un servidor. El grupo era variopinto en edad, en mentalidad, en motivaciones, en perspectivas, en ocupaciones... pero una argamasa común nos emparentaba como una familia, y en un ambiente estupendo compartimos la comida, los cubiertos, las ilusiones, los elementos, los pensamientos y el buen humor. Me pareció oportuno informar de una advertencia de interés, acerca de una flecha tramposa y mentireira que desviaba el camino hacia los intereses de un restaurante a costa de perjudicar seriamente la calidad del trayecto. Uno a uno les fui dibujando un croquis del posible engaño, y les autoricé a que en caso de que finalmente pasaran ante la churrasquería el Criollo, entraran y le partieran la cara al dueño. A todos les interesó el tema de modo que repetí varias veces el proceso: situación, explicación, croquis, rectificación del camino después de un buen bofetón al dueño. A la andaluza, muy joven y menuda de tamaño, la propuse que en vez de un bofetón, le soltara algún improperio. Hubo guasa con la sarta de bofetadas que le esperaban al dueño del Criollo, y hasta Carlos, el sacerdote, se prestó a participar en el correctivo siempre que yo fuera el primero en ejecutarlo con toda consistencia. Se ve que mi centenaria corpulencia ofrecía mayores garantías de éxito.

Hubo ocasión de que cada uno a su modo explicara su experiencia, sus motivos, sus expectativas y sus planes para las jornadas hasta Santiago. Me impresionó Carlos el sacerdote, que nada mencionó de convicciones religiosas, y si citó el espíritu de encuentro, de amistad y los valores humanos que fluyen en el camino. Todos se mostraron partidarios de parar en Caldas de Reis y Padrón, antes de llegar a Santiago. Yo fui el único que expresé la intención de ir de un tirón hasta Padrón y de aquí a Santiago. Valeria rectificó entonces su plan y adoptó el mío, pues veía que así ganaba un día que podía pasar en Santiago, en vez de llegar con el tiempo justo de pasar solo unas horas y rápido a la estación de tren. Rosa, Ana y Valeria (¿será que todavía tengo éxito con las mujeres?) se apuntan a la idea de reservar habitación en un hostal céntrico, y me piden si puedo gestionar la reserva en mi hostal. Otra vez el móvil presta un servicio magnífico pues una simple llamada sirvió para confirmar las oportunas reservas, providenciales, porque eran las últimas disponibles.

Vamos dando cuenta de nuestra cena tras la que, cada cual a su tiempo, disciplinadamente fuimos acostándonos para abordar de la mejor manera posible la siguiente jornada según nuestros propio planes.

Padrón, ciudad que como ninguna otra guarda la memoria jacobea en el camino portugués, nos espera.

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Los mosquitos de la risa

En la madrugada del 10 de Julio me despierto antes de que el despertador suene. Esta vez no es el dolor. Debe ser el temor a la dura etapa que tengo por delante y la duda de si mi pie izquierdo estará en condiciones de abordarla con garantías de éxito. Sin embargo la respuesta de mi pie parece excelente; ha drenado toda la noche y la descarga le deja la oportunidad de enfrentarse a un nuevo castigo. Como viene siendo habitual, soy el primero en ponerme en marcha después de hacer un buen desayuno. La salida de Pontevedra tiene un encanto peculiar, no solo por el sabor añejo de las calles de su casco antiguo, sino porque además durante un tramo el camino a través de ellas está indicado por pequeñas luces encastradas en el suelo enlosado como fila de estrellas alineadas hacia Compostela. Durante algunos tramos parece uno estar en la Edad Media y orientado por una vía láctea galaico-portuguesa.

Todavía saliendo por las inmediaciones últimas de Pontevedra en su salida norte, me encuentro con Valeria. Ella y yo éramos los únicos del grupo que habíamos optado por hacer este tramo de un tirón, y los dos nos confesamos temerosos de la etapa que teníamos por delante. Quizá temor era decir demasiado, pero los dos nos mostrábamos prudentes por la fatiga acumulada y nuestra marcha en solitario, de modo que si no de manera explícita pero si en modo tácito, nuestras actitudes respectivas mostraron su tendencia a caminar juntos para apoyarnos mutuamente. Lo primero fue unificar nuestro ritmo de marcha, yo aumentando un poco el mío y ella bajando un poco el suyo, lo que no resultó difícil, porque hasta entonces me había impuesto un ritmo lento pero sabía que podía rendir más, y porque ella fue generosa pues siendo profesora de educación física prefirió bajar un poco su paso, lo que además pudo venirla bien después de varios días de un ritmo fuerte.

La colaboración fue importante para ambos, porque cuando hay inquietud ante una jornada, se lleva mejor cuando se comparte, prestándose mutuo apoyo, compañía, conversación, presencia física. En cierto modo era como si desde nuestras individualidades solitarias, hubiéramos decidido compartir nuestra soledad. Pero el apoyo se concretaba también en que compartimos parte de nuestro alimento de mano y de material (frutos secos, fruta, navaja multiusos, crema protectora, etc.). Otra notable ventaja era la reducción de errores, pues ambos comentamos al final que esta era la primera jornada sin errores de los que te hacen volver sobre tus pasos para retomar el camino. La razón es sencilla, cuatro ojo ven más que dos, sobretodo si son ojos con hábito de caminar en solitario. Ambos tuvimos ocasión de rectificar alguna iniciativa del otro en algún lance dudoso, lo que nos convenció a los dos de que andar juntos nos ahorró esfuerzo en falso y seguramente también nos ahorró tiempo. Pero no sería sincero si no reconozco que me sentía especialmente favorecido por nuestra coalición, porque Valeria es una mujer bellísima, una mujer de bandera, con personalidad, con independencia, con inteligencia, con elegancia, con cultura, con dulzura, con feminidad, y con un tipazo que quitaba el hipo. Yo ponía el contraste con mi corpulencia, mi tonelaje, mi barba salvaje, mi aspecto bronco y desaliñado. La bella y la bestia en versión peregrina.

Un tramo importante inicial lo hicimos conversando, aprovechando que el camino era bastante llano y cómodo. El clima ayudó porque la mañana estuvo algo nublada por vez primera en esos días y la temperatura era suave. Algún momento incluso se levantó una brisa fresca... ¡que gozada en medio de la tónica de calor de esos días!. Valeria incluso tuvo que abrigarse; yo con mi panículo adiposo paquidérmico estaba en la gloria. Fue fugaz, enseguida volvió el sol y el calor. Hablamos de muchas cosas, de cómo decidimos hacer el camino, cuales eran nuestros motivos y nuestras ideas, cuales eran nuestras profesiones, y hasta de escritores de habla portuguesa como Paulo Coelho y José Saramago. Cuando el camino se estrechaba o se endurecía, andábamos en línea y en silencio, alternándonos en la cabeza como si fuéramos ciclistas que se dan relevo. Hicimos un primer descanso a la salida de San Mauro, junto a un área de descanso con buena fuente y mesas y asientos de piedra. Compartimos nuestras viandas y completamos conversaciones iniciadas demostrando que los dos sentíamos curiosidad por el otro, tan distinto, tan distante, tan ajeno, tan diverso, tan diferente, pero allí reunidos por algún azar del destino que tuvo el capricho de hacernos coincidir para que nos descubriéramos y nos hiciéramos amigos compartiendo el camino. Ni ella ni yo desaprovechamos la oportunidad.

Nos plantamos en Caldas de Reis, algo más de la mitad de etapa, mucho antes de lo esperado, y en lo que a mi respeta, sin apenas molestias en el pie, andando con ganas, como un tiro. Debo reconocer que me ha ayudado mucho el alivio de carga que me permite caminar con más desahogo. La llegada a Caldas es ya otra vez a pleno sol, de modo que llegamos agotados y sudorosos, con necesidad de reponer fuerzas. Pasado el río Umia, a la izquierda, descubrimos un buen lugar a orilla del río. Pedimos agua mineral y zumo abundante además de algunas raciones varias de la que me dejó grato recuerdo las empanadas de dos clases que pedimos. Revisé mis pies, que estaban en mejor estado del esperado; cambié la cura y los calcetines. Valeria hizo otro tanto. Extendimos aún la estancia con un rato de descanso, ella leyendo, yo tomando unas notas. Y finalmente nos dispusimos a continuar la marcha. Fue entonces cuando Valeria sacó su crema de protección solar, me miró, me mostró el envase, y me dijo: "Alberto, quieres.... (¡¡A ver si al final va a ser verdad que me pide que le eche la crema!!)...echarte un poco de crema, te veo el brazo algo quemado". Acepté la oferta, como igualmente hubiera aceptado el servicio que Rosa rehusó. Tuve que contener la risa y recordé mi complicidad con Rosa y Ana, a quienes había prometido que las esperaría en Compostela.

Continuamos la marcha con un calor agobiante y un sol de justicia. Afortunadamente hay tramos frecuentes de vegetación frondosa, arboleda o bosque franco que nos presta sombra y algo de frescor. Así llegamos a Santa Mariña de Carracedo, y nos sentamos en un banco a la sombra enfrente de la ermita local. Es entonces cuando se produce la fantástica llamada de mi amiga Johanne. Llevábamos diría que unos 25 kilómetros, y parece que la buena de Johanne estaba esperando a que hiciéramos un descanso, pues es justamente entonces cuando suena el móvil. Una voz amable y decidida suena al aparato: ¡Alberto, soy Johanne!... ¡¡¡Dios mío, Johannne... desde Canadá... en pleno camino portugués!!!... Valeria mira alucinada, más sorprendida que yo mismo. La mirada y la sonrisa se me ilumina y Johanne y yo intercambiamos expresiones muy afectuosas y sobretodo me infunde aliento para afrontar el camino que nos hace hermanos. Que suerte volver a oír la voz valiente, decidida e inteligente de mi querida Johanne. Gracias, amiga, algo me dice que volveremos a vernos.

Al terminar la conversación, y mientras tomo unas notas en mi cuaderno de bitácora, empiezo a sentir reiterados picotazos en la espalda y veo que Valeria se rasca el dorso con énfasis mientras yo hago otro tanto. Muestro mi apunte a Valeria: mira lo que dice aquí, y le mostré mi última anotación que decía "los mosquitos nos comen", así que vámonos de aquí o estos bichos nos van a comer vivos de verdad!. Valeria me sigue mientras se ríe con ganas, no se si por mi nota o por mi comentario, pero aceptando sin dudar mi decisión. Yo también río con ganas, de modo que me entra la duda de si la risa no sería efecto perturbador de las picaduras. Así que si pasáis frente a la iglesia de Santa Mariña de Carracedo, y si os sentáis en el banco que hay enfrente, a la sombra, y si os acribillan los mosquitos, por favor, contadme si os entra una risa hilarante, es una curiosidad profesional.

Es a los 3 ó 4 km de nuestro encuentro con los mosquitos, ya disipado el efecto regocijante, cuando viene el peligro de la flecha trampa que puede llevar al peregrino por ruta equivocada por intereses comerciales condenándole a varios kilómetros de asfalto hasta Pontecesures en vez de sendas entre bosques y vegetación frondosa que llevan hasta San Miguel de Valga. Pero vamos muy atentos y encontramos el lugar advertido pero ya sin la trampa que entendemos que ha debido de ser corregida en beneficio del peregrino, de modo que con la tranquilidad de haber superado ese escollo encaminamos nuestros pasos hacia Padrón. Quizá fue la amenaza de los anunciados bofetones lo que le hizo al escamoteador de flechas eliminar el engaño.

Serían los últimos 7 ú 8 km que quedaban por delante, cuando ya llevábamos más de 30 por detrás, los que se me hicieron los más duros. El pie empezó de nuevo a dar problemas en forma de fuerte dolor en la mitad externa y lateral del talón, que me hacía alterar la marcha apoyando el pie solo en su parte anterior, lo que aliviaba mi talón, pero hace la marcha más difícil y fatigosa. Valeria mantenía el ritmo, y yo me las veía y me las deseaba para seguirlo. Me salva que Valeria también empieza a notar la fatiga y acaba por rebajarlo un poco, lo que me permite aguantar el tipo hasta el final.

Ante nosotros aparece el río Ulla y poblados colindantes que anuncian la proximidad de Cesures y Padrón. ¡Ánimo Alberto, que al llegar nos daremos una buena cena con buen vino!, me alienta Valeria como una musa del camino. Fue una valiosa inyección de moral acrecentada por el paso a través de Pontecesures sobre las aguas del Ulla, que trajeron los restos apostólicos hasta nuestros lares en una nave que la leyenda dirá de piedra, aunque fuera de buena madera de algún bosque colindante del Marenostrum bien calafateada. Los últimos 2 km se hacen muy duros y peligrosos porque se hacen a pie de carretera N-550 sin apenas arcén y con los coches zumbando a escaso margen. La entrada en Padrón, se me hace triunfal, y triunfal la travesía del Campo de la Feria frente al mercado de abastos, y más aún por el Paseo del Espolón, al final del cual la mismísima Rosalía de Castro nos da la bienvenida y nos invita a cruzar su amado Sar sobre un puente poético como la tierra de la ilustre poetisa, que ya bajo la fachada imponente del Convento del Carmen y junto a una encapillada fuente, nos lleva amorosamente al albergue de peregrinos.

Cuando termina un esfuerzo que llega al grado de sufrimiento y se ve coronado con los laureles del éxito el sentimiento de dicha desborda los límites corporales y amplifica la receptividad sensorial a tal punto que ojos y oídos perciben estímulos suprasensoriales, como coros de trombones y trompetas que entonan fanfarrias de gala y cadencias en escalas ascendentes de gloria, mientras las columnas de entrada al albergue se inclinan en signo de reverente bienvenida. No era desde luego para tanto, porque lo que la gente ve es un hombretón cojeando que inspira más compasión que aplauso. Debían ir dedicados, y con justicia, a la bella Valeria, cuya presencia era mucho más digna e interesante que la mía, y aunque así debió de ser, a mí me sonaron a gloria.

Un ciclista que nos había adelantado mucho tiempo antes se asoma, nos felicita y nos da la bienvenida. ¡Te veo fastidiado!, me dice. ¡Por fuera seguro, pero amigo, en mi vida me he encontrado mejor!. Reímos ambos y nos entendimos perfectamente. El camino tiene atajos en que una mirada, un gesto, una sonrisa, pueden significar muchas cosas.

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Albergue de Padrón

Valeria y yo hemos llegado a Padrón hacia las 20,30 h, es decir que, en lo que a mí respecta, es la etapa que siendo la más larga, he llevado mejor ritmo. Eso nos permitirá reposar y asearnos antes de darnos el homenaje que nos hemos ganado. Contrastes del camino, la etapa más breve, la de Redondela - Pontevedra, de 18 km., fue la que peor lo pasé entre el dolor y el calor.

La hospitalera nos recibe con mucho afecto al vernos tan fatigados acreditando que venimos desde Pontevedra. Nos sella las credenciales y nos explica el funcionamiento de la casa. Ésta queda abierta de noche de modo que el peregrino puede entrar y salir cuando quiera, simplemente manejando un picaporte.

Recibo la llamada mi amigo santiagués Jorge, ofreciéndose para reunirse conmigo y acompañarme a Santiago. Acepto y quedamos en encontrarnos en la colegiata de Iria Flavia. Allí fue donde quedaron también el ermitaño Pelayo y el obispo Teodomiro y con el mismo itinerario que en su caso les llevó a descubrir el sepulcro apostólico.

Al llegar a nuestros camastros me tumbo en el suelo y apoyadas contra la litera, levanto las piernas en 90º como forma de agilizar su recuperación mientras las masajeo, Valeria se ríe y me saca alguna foto en semejante pose. Al descubrir los pies, los veo sorprendentemente bien, el aspecto es bueno de modo que las molestias son desproporcionadas con respecto a los daños. Las antiguas ampollas están curadas, y solo la del talón permanece activa, liberando una serosidad algo espesa, quizás un poco infectada a pesar de los cuidados. La dreno y curo cuanto puedo, y tras la ducha y un rato de reposo mientras charlamos animadamente con otros peregrinos, Valeria y yo nos decidimos a buscar un buen lugar en que darnos el mencionado y merecido homenaje gastronómico.

La noche está algo fresca, pero después de un día caluroso, merece la pena sentarse en una terraza al aire libre, y elegimos O Pementeiro, en donde dimos cuenta de una variedad de productos de la tierra regados con un vino blanco de Riveiro bien fresquito. Entre plato y plato, mi móvil me advierte la llegada de un mensaje. Era de Rosa y Ana en el que se interesan por nuestra suerte y especialmente por la aplicación de la crema. Contesto que habíamos llegado bien y que la crema fue aplicada con esmero y solvencia profesionales (¡como son las gallegas!).

Como al día siguiente tendré compañía anunciada (Jorge y JL) le comento a Valeria que si quiere puede unirse a nosotros, pues siendo gente del lugar puede explicarnos por donde vamos y quizás en Santiago podamos hacer una visita por sus lugares monumentales más señalados. Se muestra interesada y se apunta. Insisto en el tema para dejarlo claro, porque a mi me gusta ir a mi bola y parece que a ella también y solo en el caso de que los dos tengamos claro la intención de aliarnos merece la pena hacerlo, sino es mejor que cada cual siga su camino como hemos hecho hasta ahora. Parece inclinarse por ir juntos, pues no tiene ningún plan preconcebido y le agrada la idea de conocer Santiago con alguien que haga de anfitrión. Acordamos que en tal caso la despertaré para sincronizar nuestra salida y desayunar juntos.

Son ya cerca de las 12 y nos espera por delante un día emocionante que conviene acometer descansado.

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Compostela eterna

Suena mi despertador puntualmente a las 7 de la mañana. Es viernes día 11 de Julio. El albergue, bastante lleno, duerme. Yo y algún otro peregrino somos los primeros en levantarnos. Le doy un toque a Valeria, pero sigue dormida. Me aseo y al volver la doy otro toque. Mientras preparo mi equipaje se levanta y la digo que la espero en el comedor, pues tengo algo de comida de la que compré en Pontevedra que puede servirnos de desayuno. Valeria asiente con la cabeza. Se ve que la ducha le ha cambiado el pensamiento y viene al comedor para decirme que le apetece hacer sola la última jornada. La miro sorprendido, la sonrío y la digo "buen camino".

Llevaba esperándola más de media hora y con el desayuno preparado. Me quedé contrariado, no sólo por perder su valiosa compañía, sino por una sensación de ridiculez por mi explicación inútil del día anterior, y por mis preparativos también inútiles que solo me sirvieron para retrasar mi salida. Pero ya se dice en la famosa aria operística de Rigoletto: la donna e móbile. Así que haciendo algo de tiempo para dejarla salir con holgura, prolongué un poco mi sobremesa antes de ponerme en marcha. Después en Santiago volveremos a compartir momentos preciosos de amistad, pero hoy nuestros caminos vuelven a separarse.

Ahora pienso que fue mejor así, porque el dolor y la cojera me impedían andar bien, y este problema no me abandonó en toda la jornada, mi última etapa, que será tanto la más doliente y fatigosa, como la más gozosa también. Curiosidades y contradicciones del camino. Entre dolencia y gozo parece haber una relación directamente proporcional. Dolencias y gozos aparte, no hubiera sido esta vez capaz de seguir el paso de Valeria.

Esta última etapa, Padrón - Santiago, aunque solo de 22 km, se me atraviesa en contra de lo esperado. El pie izquierdo tiene en el talón una ampolla indurada, probablemente infectada, que llora su dolor en gotas continuas de excreción seropurulenta que impregna las gasas con que la voy protegiendo. Me obliga a andar de un modo grotesco, apoyando el pie por su parte anterior descargando el talón de sus competencias. Esto retiene mi marcha que se hace más fatigosa en un ciclo vicioso. Mi ánimo anda también un tanto desinflado. ¿Será que quiero retrasar una llegada que se me hace demasiado anticipada?. ¿Será que el camino se me ha hecho corto y es mi deseo inconsciente prolongarlo durante más tiempo?. ¿Será que estoy pagando el esfuerzo de haber seguido el duro ritmo de Valeria para no perder su dulce compañía y que ahora me pesa su ausencia?. ¿Será que he desayunado flojo y ando bajo de reservas?. Sea lo que fuere mi paso es cansino y renqueante, y el bordón se me hace imprescindible.

Mi amigo santiagueño Jorge se reunió conmigo en la Colegiata de Santa María de Iria Fravia, ahora rebajada a la mera condición de iglesia parroquial, pero que guarda entre sus sillares, entre sus cimientos, entre sus antiguos sarcófagos, bajo sus losas, memoria del despertar de una tradición que algunos entendemos verosímil, pero que verosímil o no, es el punto de inicio de un fenómeno de peregrinación durante siglos, causa incluso de que en esos instantes me encuentre allí, a sus pies, con intención de culminar mi camino y llegar a Compostela.

Jorge me dice que su cámara acaba de agotar la batería. Le entrego la mía, una cámara de usar y tirar que solo use una vez al salir de Ponte de Lima, no he vuelto a hacer una foto más porque me resultaba agotador sacar la cámara del macuto y perder el ritmo para luego volver a retomarlo. Si mi paso era lento y además me entretengo en fotos, no acabo nunca. Así que guardé la cámara en un bolsillo lateral y me olvidé de ella. Ahora se la pasaba a Jorge poniéndosela a su entera disposición. Tengo pues, gracias a él, fotos de esta etapa que son para mí un recuerdo personal muy entrañable.

Dejando Iria a nuestra espalda, nos encaminamos por una pista de hormigón hasta Romarís. En sus inmediaciones un poste indicador del camino yace por los suelos como expresión de un abandono que hiere nuestra sensibilidad jacobea. Entonces me doy cuenta que aunque mis pies andan fastidiados, mi cuerpo y mis brazos están fuertes. Yo me encargo de levantar el mojón (y pesaba muchísimo os lo aseguro), mientras Jorge se ocupa de orientarlo bien y encajarlo de nuevo en su hueco original. Le devolvemos entre los dos su dignidad y su función, dejando constancia gráfica de ello.

Continuamos atravesando aldeas de alto valor etnográfico, enlazadas una con otra sin solución de continuidad: Romarís, Rúa, Rueiro, Cambelas, Anteportas, Tarrío, Vilar... todas ensambladas por una pista de hormigón unificador que rompen el sabor rural y sagrado que estos lares todavía conservan a pesar del despersonalizador hormigonado. Si los mojones siguen cayendo y el hormigón sigue proliferando, el espíritu rosaliano y jacobeo que por ellas se respira, terminará por abandonar esos lugares que parecen pugnar por actualizar su entorno antes que conservar su valor secular intrínseco.

Así llegamos a Esclavitude, con su imponente Santuario y su fuente milagrosa de doble caño. A mí me curó de una sed mortal que me acechaba y animó un tanto mi castigada marcha. Jorge, ante mi aspecto fatigado, me propone un descanso pero le expongo que precisamente por mi dolor y mi fatiga prefiero un paso lento pero continuado, de modo que seguimos la marcha. Será por camino de tierra unas veces, asfaltado otras y hormigonado a veces, que nos lleva por acceso descendente a Angueira de Suso que nos muestra sus tejados antes que nada. A partir de aquí un desfavorable incidente. Unas flechas que reconocemos equívocas y manipuladas, nos impulsan a mantener el camino original pero un lugareño con sospechosa insistencia nos indica que el camino antiguo ha sido cercado, que ya no se puede pasar por allí y que ahora hay que bajar a la carretera para retomar el camino algo después. Ahora te obligan a atravesar Picaraña por el asfalto, pasando luego frente a una marmolería que antes se pasaba a lo alto y por detrás, a través de una senda en pleno bosque. El asunto huele mal, porque justo en ese tramo hay un hostal y varios bares y restaurantes. Para mi lo peor es que nos hace perder algún tiempo y nos amplía algo el camino. Cuando se anda desinflado, 300 metros más resultan fatales para el cuerpo y para el ánimo. Me sentí engañado, y aunque sin capacidad de lucha, sí tuve fuerzas para pasar de largo por A picaraña ante la clara sospecha de intereses locales de ese desvío fraudulento.

Ya estaba yo con deseo y con necesidad de programar una parada, cuando llama al móvil JL que parece que nos espera ya a la vuelta de la esquina, de modo que pospongo el descanso hasta el lugar en que nos espera. Los cálculos de Jorge castigaron mi ya escasa resistencia, entre que no tuvieron en cuenta mi lamentable estado y entre que calculó muy a la baja la distancia al lugar en que nos esperaba JL, al que tardamos en llegar cerca de hora y media. El resultado es que llego a Rúa de Francos, a la sombra de una formidable carballeira, absolutamente extenuado, tanto que JL me sugiere ir a la carretera y coger un coche. Jorge le hace ver lo inoportuno de su propuesta y JL, sabio y diplomático expone que era para estimular mi orgullo. No era necesaria tal cosa pues estaba hecho fosfatina pero seguro de llegar antes o después. Opto por sentarme a la sombra y Jorge, servicial hasta el detalle, se presta a ir y venir para traerme agua de una fuente cercana, pero justamente acaban de cortarla. JL me ofrece una naranja que debí comerme de un solo bocado. Mi aspecto era el de un autómata reventado con aspecto vencido y silencioso. Valiente compañía la mía, pienso, y pido disculpas por ello. Tranquilo Alberto, somos nosotros los que te acompañamos a ti, no al revés.

Al rato llegan un par de individuos a mi entender de mala calaña con un perro pelma que no hace más que incordiarme, mientras los sujetos prorrumpen en majaderías vacías y bien adobadas de palabrotas, groserías, barbaridades y blasfemias irrepetibles. Creí que eran amigos o conocidos de Jorge y JL, porque hablaban con ellos con aire coloquial. Cuando el descanso no se acompaña de su componente de relajación psíquica, no es un descanso pleno, de modo que cuando reanudamos la marcha salgo sin sensación de haber descansado. Por delante 11 km, la mitad de la jornada.

JL, de quien algunos dicen que es como mi hermano mayor por una apariencia fisonómica similar a la mía, toma mi macuto y se lo echa a la espalda para llevármelo. No tengo fuerzas ni para rechistar y le dejo hacer. Durante el trayecto JL va dando algunas explicaciones sobre la vegetación, la geografía, la arquitectura, los hábitos del campo, etc, y me va recordando los nombres gallegos de algunas de las cosas que hemos visto, así vas aprendiendo algunas cosas de Galicia, me dice. Gracias, le digo, pero ando muy poco receptivo. Todo mi esfuerzo se centraba entonces en dar el paso siguiente, eso absorbía todo mi pensamiento y todo mi ser. La alternativa era caminar o caminar, no había otra cosa. Era como si mi cerebro estuviera apagado, o como si hubiera sido expoliado de toda actividad intelectual y obligado obsesivamente a pensar: un paso, otro paso, otro paso, otro paso... estaba andando con la mente, con la voluntad, con el pensamiento, con la fe... de haber dado una sola opción a mi cuerpo a que opinara, creo que hubiera caído redondo al suelo.

Así llegamos a Milladoiro ya a solo 6 km. Se impone un gran descanso con reposición de líquidos y alimentos. Hemos parado en un café - bar llamado la Capilla. Su nombre y sus datos figuran ya en el sello de mi credencial. JL tiene que marcharse y lo hace proponiéndonos algunos sitios donde comer bien. Saluda y sale andando hacia su casa, a una media hora de marcha por este camino, va diciendo mientras se aleja. Adiós amigo, gracias por tu compañía y perdona mi obnubilación, le digo con el pensamiento mientras la mano remeda un gesto de saludo.

Jorge, más objetivo y concienciado con mi estado me ofrece quedarnos y comer allí mismo. Le miro con agradecimiento y acepto sin dudarlo. Me como y me bebo todo lo que se pone a tiro y noto como a cada trago y a cada bocado la energía va retornando.

Aparece José Antonio de la Riera como si fuera el décimo de caballería. Jorge le ha informado de la situación y al enterarse de que su pupilo tiene problemas, se hace presente. Su abrazo me infunde nuevos bríos para reanudar la marcha. El pie izquierdo sigue jodido, desde luego, pero el resto del cuerpo ya está fenómeno y la mente a tope. Santiago ya se olfatea. He recuperado fuerzas y vuelvo a cargar mi macuto. Hay ofertas para llevármelo pero las rechazo. Mi bordón se me hace imprescindible para seguir deambulando. Siempre lo fue, pero ahora más que nunca. Es tan alto como yo, lo agarro a la altura de mi cabeza y tiro hacia bajo para proporcionar junto a mis piernas un tercer punto de apoyo y de impulso.

Pronto pasamos junto a una estación eléctrica y a nuestro paso suena una sirena. José Antonio levanta una mano en ademán de saludo: ¡gracias, gracias!, dice al vacío en alto con su voz grave y poderosa. Un tanto sorprendido le pregunto a que viene el saludo y las gracias. Me explica que Fenosa ha puesto un vigilante en una cabina de la estación y que cuando pasa un peregrino toca la sirena como saludo y reconocimiento. ¡Joder, que detallazo!, comento sintiéndome destinatario del saludo de Fenosa. La risita grave y socarrona, sin más explicaciones, me devuelve a la realidad. ¡Joder, José Antonio, me la he tragado hasta el puño!, resulta tan bonito que merece la pena creerse. Riera contesta, con más benevolencia que burla: Alberto, eres un bendito y mereces el título de "Peregrino de Fenosa", habrá que hacer gestiones.

Cuanto mayor ha sido el castigo, el sufrimiento, y la fatiga, mayor es después el gozo. Una vez más me aproximo a descubrir esta regla del camino, y una vez más me va a sorprender y desbordar. A los pocos pasos se divisa Santiago en lontananza. A partir de aquí la emoción, más que la fatiga, se irá adueñando de mi cuerpo y de mi mente a medida que vamos entrando por sus inmediaciones. No tengo palabras ni quiero usarlas. Es momento para sentir y nada mejor que el silencio para dar cauce a las sensaciones. José Antonio abre camino y respeta mi silencio y mi emoción. El peregrino de Fenosa está entrando en Santiago llorando por la herida del pie, y llorando por los ojos de emoción y de alegría, rebasado por ellas como sentimientos que no se pueden controlar y que no dejan hablar. Nada hay que decir, de modo que ando, miro y siento, y en la medida que voy entrando en Compostela, Compostela va entrando en mí.

Al pasar Porta Faxeira y enfilar rua do Franco, ya no hay cansancio ni dolor que valga. Los pies saben que el trabajo duro ya está echo, que el esfuerzo que queda es puro trámite y entonces el dolor desaparece, la fatiga cesa y el gozo lo ocupa todo, y brotan los deseos de agradecer y de rezar. Suena la Campana de la Torre Berenguela que, como la estación de Fenosa, también me da su saludo peregrino. Siento subir a la gloria mientras asciendo por la escalinata del Obradoiro que me introducen en la catedral por su glorioso pórtico. Desde él los ancianos músicos despliegan fanfarrias de bienvenida. Santiago sedente me dice "pasa amigo Alberto, ya estas en casa", y el profeta Daniel desde su columna me mira y sonriéndome sin recato me dice: no hagas caso a nadie, la sirena de Fenosa sonaba en tu honor. Le creo, no tengo razón para no hacerlo, las primeras impresiones son las que valen. Los dos órganos de la catedral interpretan una obra hasta entonces no compuesta que nadie parece oír pero que a mí me hace flotar. El Apóstol Santiago me espera en el Camarín y cuando subo se anticipa a mi abrazo y es él quien me abraza. Dos amigos abrazados sobre el altar mayor. Bajo a la cripta y me integro en el ambiente de piedra orante y me siento de piedra mientras rezo y experimento la eternidad. Me invade un sentimiento de culminación, lloro de emoción y de emoción me río, y fluyen a mi mente mis familiares, mis amigos, mis ausentes... y termino sin pensar nada, saboreando el momento como ante un amigo ante el que nada hay que explicar porque ya sabe.

Llevo aún el macuto en la espalda y el bordón en la mano. El camino aún está en mis pies, es parte de mí. Ante mí está la tradición misma es también parte de mí. A través mío el Camino y la Tradición se encuentran y se funden, se hacen consustanciales como el cuerpo y el alma, como el día y la noche, como el hidrógeno y el oxígeno conformando el agua, y el abrazo jacobeo entre el peregrino y el Apóstol, entre el Camino y la Tradición adquiere su significado más completo y consumado. Y en ese marco eterno de piedra siento la eternidad y descubro que también mi alma es eterna, y que sentir la propia eternidad es estar ante Dios. ¡He llegado al final del camino!.

Pero... ¿Todo ha terminado?.... ¡que va!... ¡todo empieza!... mis amigos me esperan en la plaza de Platerías, frente a la fuente de los caballos... hay anécdotas que contar, alegrías que celebrar, emociones que compartir, motivos por los que brindar, y cosas importantes de que hablar, de planes para el futuro, quizá de nuevos caminos, porque hay que volver al camino, y hay que volver a Compostela, porque cuando se llega a Compostela como peregrino, Compostela forma parte de uno mismo, y uno mismo forma parte de Compostela...

[subir]

Eu quero ir a misa con vosé (Epílogo)

Dice Leo, desde Lago Puelo:

>>Pero, no se te ocurrirá clavar el relato en el número catorce, ¿no? Me parece extraño de tu parte, yo al menos necesito un mail más de epílogo.

Una petición de Leo Ridano, que llega saltando el Atlántico, no puede ser desatendida bajo ningún concepto. Hay peticiones que obligan. No me enfrascaré en contienda alguna sin atender lo que hay que atender. Después... que Dios nos pille confesados.

Salgo de la cripta sepulcral secándome las lágrimas con los puños. No doy a basto así que termino echando mano del pañuelo de Alfredo Jeremías Sampedro. Es como si Alfredo me compensara por mis oraciones en Fontoura y me ayudara a calmar mi emoción. ¡Tranquilo chico, deja un poco de emoción para los demás!. Y entonces viene a mi mente Ludovicum, un peregrino fallecido hace poco, meses después de hacer su peregrinación por el Camino Inglés. No es que yo le traiga a mi memoria, es él el que viene a visitarme. Le veo claramente, con sus facciones mostrando el menoscabo de la enfermedad fatal pero sonriente ¡Luis, amigo Luis, tu aquí conmigo!; no dice nada, me mira , sonríe y me saluda en ademán de felicitación, su presencia basta.

Las palabras de Alfredo y la visita mental de Ludovicum me secan de mi gimoteo. Me las guardo para mí, son visitas personales que jamás contaré a nadie. Guardo el pañuelo en el bolsillo de mi pantalón, consciente de que guardaba con él las mejores esencias de mi Camino: agua galaicoportuguesade, sudor de peregrino y lágrimas de encuentro.

Es el momento de acreditar mi camino ante la oficina del peregrino y obtener la compostela. Hay cola y tengo que esperar un poco. Hay buen ambiente, gozo compartido, intercambio de anécdotas, emoción a flor de piel, miradas cómplices... aunque se monta algo de follón cuando un peregrino extranjero listo se hace el tonto y pretende colarse. El peregrino que estaba en último lugar, lo frena con tacto, le hace un gesto en dos fases, en la primera se señala a sí mismo y después al suelo, en la segunda le señala a él y después con el pulgar se señala por encima del hombro. Sin una palabra el mensaje está muy claro: yo era aquí el último, ahora tu vas detrás de mí. También sin una palabra la contestación, asiente con la cabeza y levanta la mano en ademán de disculpa.

Con mi compostela recién salida del horno, mi macuto al hombro y mi bordón en la mano derecha, salgo todo ufano, y a pesar de mi cojera descarada mis andares cobran un aire de prestancia que también habla por sí mismo: ¡aquí un peregrino recién laureado!. Respiro hondo y deambulo a paso lento, no se si para disimular la renquera o para aumentar el porte de mi figura peregrina a la que por otra parte mis andares asimétricos le dan el toque justo del herido de guerra. Noto miradas y gestos de felicitación y no falta quien se aproxima y me dice "ya has llegado amigo, enhorabuena". Me entran ganas de largarme un Kikirikí de los míos pero me contengo, y opto por el idioma sin palabras, una mirada de agradecimiento y un gesto torero.

Saboreando cada paso me dirijo a mi hostal en rua Raiña, en pleno cogollo compostelano. Hay que subir varios pisos y se impone subir cada escalón de uno en uno, despacito, no hay prisa, nunca la hubo, y ahora menos. La habitación me recibe con cariño, y aunque nueva para mí me siento en casa. Desde la ventana veo un sector de los tejados de la ciudad. Hace calor. Me descalzo. Acaricio mis pies y les hablo. Perdonad amigos el castigo, os habéis portado. Me sorprende su contestación, ¡que dices castigo, nos tenías aburrido hasta que saliste al camino, a ver cuando repites algo así!. Los beso emocionado, los lavo con esmero, los curo con mimo y los libero de apreturas engalanándolos con unas sandalias bien abiertas, ellos merecen como nadie un paseo triunfal por Compostela.

Mi amigo Jorge me ha traído el resto de equipaje que José Antonio tenía en su coche desde nuestro encuentro en Pontevedra. Ducha tranquila, reposada, reparadora, consoladora, refrescante. Me queda aún una camisa limpia que había guardado para este día.

Ceno con Jorge en un restaurante. Por supuesto, pido menú del peregrino: caldo gallego, pimientos de Padrón, carne asada con patatas, una botellita de buen vino y una ración hermosa de tarta de Santiago. Me siento cansado así que después de cenar me retiro a mi habitación. Al poco rato de estar echado aún sin acostarme, la tuna reclama su protagonismo sonoro con cantos universitarios de siempre, que aunque hablan de amores juveniles, a mí me dicen ¡Alberto, cálzate otra vez las sandalias, incorpora tu noble figura, agarra tu flamante bordón, cuélgate la concha al cuello, y sal a la calle. Me mezclo entre la gente con los tunos y canto con ellos, coño este tío sabe cantar parece que dicen con las miradas... Luego busco otra vez la soledad aunque en medio de la gente. Quiero andar sin rumbo por la ciudad. Compostela y yo tenemos que saborear nuestro triunfo, porque Compostela comparte con cada peregrino su éxito. Llevo mi concha y mi bordón y durante una hora larga paseamos juntos con el sabor de disfrutar de algo que va tocando a su fin y que hay que apurarlo hasta que el cansancio diga basta. Lo dijo con moderación, temiendo importunar: ¡oye que os parece si nos recogemos, que mañana sigue la movida!. Entre mis pies, mi cansancio, mi mente, mi concha, mi bordón y Compostela, hubo consenso unánime. Recogemos velas y a puerto. La cama me recibió con tal acogimiento, que no me di cuenta de quedarme dormido y seguí caminando en sueños.

La mañana siguiente empezó sin despertador y sin prisas. Mi pie izquierdo ha mejorado muchísimo. Curará pronto. Un buen desayuno y a callejear por Santiago antes de ir a la Catedral para asistir a la misa del peregrino. Ya cerca de la plaza de los caballos me encuentro por fin con Valeria. ¡Oh Alberto que alegría verte...! charlamos, intercambiamos anécdotas de nuestra última etapa y al decirla que voy a la Catedral me dice: ¡Alberto espérame por favor, eu quero ir a misa do peregrino con vosé!. Como negarse a una petición así. Disfrutamos de la misa, nos reconocimos mencionados en la relación de peregrinos y rezamos juntos. Compartimos la mañana de forma muy concentrada, con un buen albariño que JL pagó y nos dejó degustando. Casa Manolo estaba a tope así que comimos en "El 16" en compañía de Jorge. Y nos despedimos en la estación de trenes, con un abrazo lleno de afecto recogido en una foto que ando escondiendo a mi mujer porque si no se me acaban los caminos.

Visité en compañía de Jorge el Monte del Gozo para contemplar el panorama que desde allí se divisa y ver de cerca el ambiente de los peregrinos que ya olisquean Compostela.

Y después el encuentro con Rosa y Ana y también algo con los portugueses seminaristas, compartiendo cena en casa Manolo y compartiendo también mil detalles que no son nada y lo son todo: ¿y la crema? ¿Siii!? ¿y aquella señal? ¡no! ¿os perdisteis?, ¿un perro? ¡no me digas! JA JA JA. Y nos dieron la una y la dos y las tres..... Y con una copa de más nos despedimos con mucha alegría por fuera y algo de tristeza por dentro: Nos veremos, nos hablamos, nos contamos, nos llamamos... que se yo.

Dormí poco aquella noche, porque trasnoché bastante y me levanté pronto. Tenía una cita con el Apóstol. Ya sin abrazos ni lágrimas. En silencio, con poca gente en la catedral. Me planté ante la figura del altar mayor. Santiago, amigo, me marcho, hasta otra, tenme en cuenta en tus gestiones y cuenta conmigo. Aquella figura de piedra me miró y me sonrió, y la figura es de piedra, sí, pero no eran de piedra ni la sonrisa ni la mirada. Todavía añadí, oye y si se complica la defensa de la tradición echa una mano, que hay detractores muy duros. ¡Os lo juro, me guiñó un ojo!.

Para no perder el primer autobús hacia la Coruña donde me esperaba el resto de mi equipaje y enseres profesionales, cogí un taxi en Porta Faxeira hasta la estación de autobuses. Y me fui de Compostela sin sensación de despedida, porque una parte de Compostela venía conmigo, y una parte de mí se quedaba en Compostela.